domingo, 7 de enero de 2007

Crítica | MASALA; Una profesora combativa frente a una realidad social

En ‘Mentes peligrosas’ (John N. Smith, 1995) Michelle Pfeiffer se enfrentaba a un grupo de alumnos “difíciles” que la traían de cabeza en un instituto situado en una zona deprimida de Los Ángeles. La película se pasaba de comercial, moralizante y tópica, desaprovechando a su magnífica protagonista y echando a perder una idea interesante. ‘Masala’, un telefilme dirigido por Salvador Calvo que se estrenó el viernes a las 22:45 en Telecinco, es mucho más realista en su conjunto y además está bastante cuidado. Es fruto de un esfuerzo técnico y artístico que se aprecia de verdad.
Belén López en 'Masala' (Salvador Calvo, 2007)
Podríamos empezar diciendo que ‘Masala’ narra la historia de Judith (Belén López), la nueva profesora de música de un instituto conflictivo, en un barrio conflictivo y lleno de jóvenes conflictivos. Pero la cosa no es tan sencilla, y los responsables del guión de ‘Masala’ (Ignacio del Moral y Joan Barbero) se aseguran de que el espectador no se quede con un retrato simplista e incompleto de una realidad mucho más profunda y seria.

De modo que Judith, una profesora que no cuenta con la palabra ‘rendición’ en su vocabulario, llega a un instituto repleto de chicos de clase baja y origen multirracial, de esos que no tienen una limusina esperando en la puerta ni están empadronados en ninguna mansión. Son chicos con problemas, muchos de ellos víctimas de diferentes injusticias (pobreza, racismo, xenofobia, incomprensión...), pero ‘Masala’ tampoco viene a llorar a un grupo de santos vestidos de blanco: el panorama que encuentra Judith a su llegada al centro de enseñanza habla por sí solo.

El primer recorrido por las viejas y maltratadas instalaciones supone una presentación bastante impactante para la emprendedora Judith. Acompañada por otra profesora, Marga (Marta Calvó), y el director, Antonio (José Coronado), Judith camina por los deprimentes pasillos del instituto con una sonrisa aparentemente imborrable, intentando sacar lo mejor de entre lo peor. Cuando ve algunos de los dibujos que adornan los pasillos resalta que esos alumnos “tienen un sentido artístico innato”, pero entonces aparece un pene gigantesco dibujado en una puerta, con lo que Marga, irónica, le da la razón: “tenemos mucho artista suelto por aquí”.

El recorrido sigue y una veterana profesora (Mariana Cordero) sale apresuradamente de un aula, engulle una pastilla y se aleja llorando. Antonio saca del aula a un alumno y lo empuja violentamente contra la pared, haciendo caso omiso a las amenazas de denuncia del estudiante. Judith presencia la escena y prosigue su camino hasta llegar al baño de profesores, “el único privilegio” con el que cuentan los educadores según Marga. Pero su primera visita al escusado no resulta tal privilegio: un alumno le hace una foto con un móvil (que posteriormente se irá pasando de alumno en alumno) en el momento exacto y sale corriendo después. Cuando Judith sale del baño y le explica a Marga lo sucedido, ésta tiene preparado otro ácido apunte: “ya conoces a Jassin”.

Pero lo peor está por llegar para la pobre Judith. Cuando conoce al resto de sus alumnos descubre que Jassin (Mustafá al Bakhti) no es “el elemento” de la clase, es simplemente uno más del montón. Cuando pretende mostrarse interesada por los progresos del grupo con la anterior profesora, Judith obtiene de Bea (Julia Fournier), la cabecilla de la clase, una singular respuesta-amenaza: “¿le contamos lo que hacíamos con la cara-coño... o se lo hacemos?”. Cuando Judith propone que aquellos que no quieran aprender se sientan libres de abandonar el aula, la clase se vacía por completo. El panorama es desolador.

‘Masala’ narra con buen pulso el proceso que lleva a Judith a ganarse poco a poco la confianza de sus alumnos. Para algunos de ellos, el hecho de ver a la nueva profesora como una víctima a su manera (la mala relación que empieza teniendo con Antonio y el trato que recibe de él) resulta decisivo a la hora de ponerse de su lado, pero todos, tarde o temprano y de un modo u otro, se acaban convenciendo de que dar la espalda a un centro que intenta ayudarles no es un acto de rebeldía demasiado inteligente.

La mayoría de personajes del telefilme están bastante bien dibujados, pero la descripción y desarrollo de los mismos podría haber sido mejor si hubiesen sido menos en cantidad. El afán de los guionistas por mostrar algo de la vida de cada uno de los alumnos, aunque sólo sean pinceladas en el caso de algunos de ellos, no solo enriquece el relato sino que se hace necesario para no mostrar a los chicos del centro como problemáticos “porque sí” o delincuentes “sin más”. La situación de los personajes adolescentes (la chica hindú a la que sus padres quieren casar, el chico gitano que se desvive por cuidar a su abuelo...) ayuda a dar a cada una de sus historias una dimensión más humana y justa de cara al juicio que seguro recibirán por parte de algunos espectadores, pero son tantas que la agilidad del relato de ve dañada.

El mayor éxito de ‘Masala’ reside en la impresionante labor de casting realizada por sus responsables. No importa que el guión tenga dificultades para desarrollar como es debido alguno de los personajes jóvenes (con una duración mayor y formato de miniserie esto se hubiese evitado), los actores que los interpretan demuestran tener una naturalidad y una capacidad para moverse ante la cámara inmensas. Los debutantes Antonio Moreno y Julia Fournier, por nombrar dos ejemplos, hacen trabajos redondos en sus papeles, y el costarricense Daniel Marote, al que ya habíamos visto en ‘Hospital Central’ en un papel del estilo pero más borroso en su trazado, está impresionante, transmitiendo el miedo, la rabia y el dolor de su personaje con el mismo e impactante realismo.

El director Salvador Calvo maneja con el mismo acierto a los actores que interpretan los personajes adultos, muchos de ellos salidos de la cantera de ‘Motivos personales’, de la que Calvo fue director. En este sentido, debe resultar toda una recompensa el volver a confiar en un actor con el que ya has trabajado y recibir por parte del mismo un trabajo como el que Belén López hace en ‘Masala’. La intérprete, nominada este año al Premio de la Unión de Actores como mejor actriz revelación por ‘La distancia’, es en todo momento una heroína natural y creíble, adaptándose como un guante a cada una de las situaciones a las que su personaje es empujado en esa pequeña jungla de instituto. Su interpretación tiene exactamente la fortaleza y humanidad necesarias.

José Coronado, en una interpretación más agresiva, es igual de creíble en la piel de Antonio, un director marcado por una experiencia traumática y que parece desencantado con la enseñanza, a la que una vez defendió como “camino de ida y vuelta” y en la que Judith aspira a volver a hacerle creer. Marta Calvó, en un papel más relajado que aquel de ‘Motivos personales’ que le dio la fama, vuelve a demostrar ser una actriz demasiado buena como para que el final de un culebrón se la llevase consigo.

Hay que decir que ‘Masala’ tiene un final demasiado feliz y grandioso como para sonar creíble, pero la película, en su conjunto, está llena de buenas intenciones. Está correctamente dirigida, tiene una aceptable fotografía de Daniel Aranyo y funciona como entretenimiento así como en forma de cine social.

Volviendo a la trama, a partir de cierto momento en ‘Masala’ la amenaza de cierre a causa de la especulación inmobiliaria coloca a todos los personajes del instituto en un mismo frente: es una bonita manera de hacernos llegar el mensaje de que podemos trabajar juntos con una meta en común, de que la convivencia pacífica es posible porque nos parecemos más de lo que pensamos, y que es al ser conscientes de ello cuando pasamos a ser una verdadera comunidad, una comunidad en la que la diferencia, la mezcla (eso es exactamente lo que significa la palabra hindú masala) es vista como la riqueza que es.

(Foto2: Daniel Marote)

jueves, 4 de enero de 2007

Crítica | PASIÓN ADOLESCENTE; Hormonas peligrosas, culebrón morboso

Podría decirse que Beatriz Luengo se estrenó como actriz de televisión en el telefilme ‘Pasión adolescente’, que vio la luz en el año 2001 y se repone de cuando en cuando en los canales autonómicos agrupados en la FORTA. El título puede llevar a ideas equivocadas, pero los comienzos de la actriz y cantante madrileña quedan lejos de estar unidos al porno.
Fanny Gautier en una escena de
'Pasión adolescente' (Joaquín Llamas, 2001)

Dirigido por Joaquín Llamas, al que se deben otras tv-movies como la deprimente ‘Flores muertas’ y la inédita ‘Sin hogar’, ‘Pasión adolescente’ es lo que llamaríamos un telefilme típico y tópico, categoría ‘Multicine’, canal Antena 3. Por su argumento y por su correcta factura pasaría como otro más de ese estilo (y ubicación), pero el dato curioso es que no es otro de esos subproductos estadounidenses, es una producción española, con financiación, equipo técnico y reparto español.

Por un lado alegra ver que no desentone demasiado en lo técnico frente a la industria americana, mucho más prolífica y rica en medios en lo que se refiere a películas para el mercado televisivo, pero alegra algo menos comprobar que no va mucho más allá en cuanto al contenido: la típica historia de la adolescente enamorada, cuya obsesión crece hasta convertirse en un asunto más propio de implacables hormonas asesinas que de simple enamoramiento de juventud. La “víctima”, para añadirle morbo al culebrón, es el profesor de la encantadora protagonista, o eso parece al menos.

¿Qué es ‘Pasión adolescente’? Pues un culebrón, aunque bastante divertido, eso sí.

Mónica (Beatriz Luengo) está loca por Fernando (Aníbal Soto), su profesor de filosofía. Pero el suyo no es un simple enamoramiento, de hecho la “pasión” a la que hace referencia el título se queda bien corta al describir lo que siente la joven estudiante. Lo de Mónica es una obsesión enfermiza que crece y crece alimentada por miradas, gestos y palabras a las que el profesor no da la menor importancia.

Todo empieza con aires de chiquillada. Mónica se va a hacer footing por la mañana temprano con el único propósito de tropezar “accidentalmente” con su profesor. La chica muestra un inusitado interés por las explicaciones del educador, se lee los apuntes de pe a pa e inventa toda clase de trucos para pasar tiempo con él. Un día finge haber sido plantada por su madre y acepta que Fernando la lleve a casa. En el trayecto éste le habla de sus planes de publicar un libro de cuentos y de lo bien que le vendría encontrar una canguro que cuide de su bebé mientras él y su mujer (está casado, claro, lo contrario sería restarle al conjunto otras dosis de morbo demasiado valiosas) están ausentes.

No está del todo claro cuándo cruza Mónica la invisible a la par que pronunciada línea que separa el interés por alguien de la fascinación obsesivo-compulsiva, pero el caso es que ‘Pasión adolescente’ no desaprovecha el tiempo y pronto nos muestra a la protagonista metida a niñera, registrando cada rincón de la casa del profesor y oliendo su ropa cual amante desequilibrada. Y es que Mónica, como descubrimos al escuchar una conversación que mantiene con su madre, no ve que la diferencia de edad sea un obstáculo tan insalvable, y tiene algunas convicciones que tienen lo mismo de firmes que de inquietantes: “¿a que cuando conoces a alguien super especial notas algo así como muy dentro? (...) ¿A que cuando estás segura de que es para ti tienes que hacer todo lo posible para conseguirlo?” Su madre, pensando que se refiere a algún chico de su edad, responde que sí. Qué más quería la niña...

A partir de ese momento Mónica no piensa en otra cosa que en pasar el mayor tiempo posible en casa de su profesor favorito y en intrigar para separarlo de su mujer (Fanny Gautier). La relación con su familia y con su novio (que lo tiene, y es un chico muy atractivo aunque ella tenga otras cosas en mente antes que reparar en él) se deteriora... En fin, una turbia telenovela escrita sin un ápice de originalidad pero de forma que enganche y haga disfrutar al espectador a base de entretenimiento ágil y calenturiento.

Beatriz Luengo ofrece un debut bastante aceptable; suena creíble en los diálogos más inverosímiles (Soy una mujer y he luchado por ti como una mujer) y ese atractivo infantil que tiene funciona bien como elemento engañoso en la trama. Quien no acaba de encajar del todo es Aníbal Soto, que no es un actor tan sugerente como para interpretar a un personaje que trae de cabeza a su alumna, a su atractiva compañera de trabajo y a su aún más atractiva esposa.

Sobre el resto, decir que todos están en su sitio. Fanny Gautier (‘Al filo de la ley’) hace un trabajo sólido como de costumbre, y a Israel Rodríguez ('Javier ya no vive solo', 'Yo soy Bea') y a la elegante Remedios Cervantes ('El pasado es mañana'), como novio de la protagonista y compañera de trabajo del profesor respectivamente, también se les ve francamente cómodos a pesar de contar con unos personajes bastante más desdibujados y breves.

La primera escena de ‘Pasión adolescente’ nos muestra a la protagonista (a modo de aperitivo de acontecimientos posteriores) llorando desconsoladamente con una cantidad de pastillas en la mano que nada tiene de dosis recomendada, claro indicativo de que las cosas no apuntan a terminar demasiado bien para la chica. Pero aquel que haya pasado, al menos, una tarde de domingo en su vida frente al televisor sabrá que las cosas no son tan fáciles en este tipo de películas. Todo está sujeto a sorpresas y giros de guión repentinos.

En su desenlace, ‘Pasión adolescente’ deja en manos del espectador la decisión de juzgar o no a los protagonistas, así como la oportunidad de valorar quién ha sido en realidad el bueno de la función. Si es que ha habido tal cosa.

miércoles, 3 de enero de 2007

Crítica | LOS SERRANO; Calidad bajo mínimos

Estrenada en abril de 2003, ‘Los Serrano’ se convirtió rápidamente en uno de los mayores éxitos de Telecinco, compitiendo con ‘Siete vidas’ y ‘Hospital Central’ por ser el hijo más querido de Estudios Picasso. Con el tiempo, a base de medirse contra ‘Aquí no hay quien viva’ y demás pesos pesados de la competencia (aunque la serie de los vecinos es la única que le ha logrado hacer sombra a lo largo de los años), la serie ha ido desgastándose, tanto comercial como artísticamente. El share parece que sigue de parte de esta familia televisiva, pero la calidad no. No rotundo.
Belén Rueda y Antonio Resines
Aunque no vayamos a salir ahora con el “que buena era...”, “cuántas eran sus virtudes...” y etcéteras. ‘Los Serrano’ no ha pasado nunca de ser una serie entretenida, un producto para ver sin demasiados sobresaltos ni esfuerzos y una comedia que daba lo que estaba a la vista y que más allá de eso no se aventuraba en prometer. Aunque, al menos, ahí estaba siempre lo acordado: nadie prometió jamás una comedia extraordinaria, pero lo que se ofrecía era casi siempre aceptable.

Las cosas han cambiado. El interés por ver cómo se las apañaban por sobrevivir bajo el mismo techo la “familia de los chicos” (formada por Antonio Resines, Fran Perea, Víctor Elías y Jorge García) y la de las chicas (Belén Rueda, Verónica Sánchez y Natalia Sánchez) se apagó tras las primeras dos temporadas (como mucho). La gracia de los “personajes de taberna” de ‘Los Serrano’ (los interpretados por Jesús Bonilla y Antonio Molero) pasó a ser un espectáculo de chistes baratos, repetición de gestos e insoportable sobreactuación más o menos al mismo tiempo. La incorporación de Alexandra Jiménez (una actriz que parece no saber que interpretar es algo más que hablar con cara de asco y tono de estar mordiéndose los labios de rabia) y la marcha de Verónica Sánchez y Fran Perea (‘Los mánagers’), a pesar de ser dos actores con más tirón comercial que talento, no ayudaron a la serie, que vio como la audiencia se empezaba a resentir poco a poco. El momento en que Nuria González se fue en busca de proyectos mejores (un movimiento acertado el suyo) fue el punto de no retorno para la serie: todo lo que la producción tenía de efectivo se había agotado o había desaparecido (ideas, actores con gancho para la audiencia a la que va destinada la serie...).

En esta sexta temporada de la serie la manta se ha estirado de la siguiente manera: Diego y Santi se han visto obligados a vender la taberna (la compradora es Emilia, interpretada por la recién incorporada Pilar Castro) empujados por una amenaza de embargo, y Fiti ha regresado arruinado, con lo que no puede ayudar a sus dos amigos; la Choni (Pepa Aniorte, vista en ‘Volver’), “una mezcla entre copla y reggaeton”, Lourditas (la bilbaína Goizalde Núñez) y Lucía (Belén Rueda) siguen haciendo lo que pueden por manejar a los estudiantes de Santa Justa, con las dificultades que conlleva el tener a sus alumnos en plena edad del pavo y dispuestos a enredar, enamorarse, hacer el imbécil y, en fin, aburrir al espectador.

La fórmula de “Diego se mete en un lío, Fiti y Santi lo empeoran todo metiendo cizaña, las cosas se salen de madre, las mujeres de la serie lo solucionan todo y final feliz” ya no da más de sí. La trama se ha convertido en un circo patético y barriobajero, difícil de digerir y fácil de olvidar.

El reparto, que era en principio uno de los puntos fuertes de esta ficción, se ha subido con el tiempo a un carrusel y va dando vueltas sobre sí mismo sin llegar a ninguna parte, sin dar nada nuevo y mareando al espectador. Antonio Resines, lejos ya los días en los que impactó y conmovió en ‘La buena estrella’ (Ricardo Franco, 1997), parece haber sido degradado como actor a la categoría de “cómico principiante”. Tiene cuatro recursos contados (o, al menos, son los únicos que utiliza en la serie) y los explota hasta la saciedad. Pero mucho, muchísimo peor están Antonio Molero y Jesús Bonilla, para los que sus papeles en ‘Los Serrano’ han supuesto un retroceso insalvable en sus carreras. Están sobreactuados hasta el extremo y no son ya más que dos caricaturas exageradamente inverisímiles. Belén Rueda hace que su trabajo en ‘Mar adentro’ parezca un espejismo: ¿es ésta la misma actriz de la cinta de Amenábar, esta mujer gritona que no hace nada más que echar broncas y hacer muecas de falsa desesperación? Alejo Sauras, uno de los pocos actores que ofrecía una interpretación algo más trabajada en ‘Al salir de clase’, está en la misma línea que los demás, la interpretación (o lo que sea) de María Bonet deja sin palabras, y no por nada bueno, y los más jovencitos (Víctor Elías, Natalia Sánchez, Adrián Rodríguez y Andrés de la Cruz, entre otros) sacan de quicio (al menos en el episodio de ayer no cantaron...). Y, por último, apena ver a toda una Julia Gutiérrez Caba metida en semejante embrollo.

‘Los Serrano’ ha llegado al punto en el que ya no hay nada que hacer. Seguirá tirando todo lo que permita el share, exprimiendo hasta la última de esas necias ideas hasta que un día la serie se sitúe por debajo del 20% de cuota de pantalla. Ese será el fin de la serie, ya que no hay ninguna razón que no sea comercial para seguir dando cuerda a este reloj de madera podrida.

viernes, 29 de diciembre de 2006

Crítica | SAW; "Que empiece el juego"

Lo peor de algunas películas de terror son sus secuelas, como hemos podido comprobar en tantas y tantas segundas, terceras o trigésimo octavas partes en los últimos años (‘Scream 2’, ‘La ira: Carrie 2’ y ‘Halloween: Resurrection’, por nombrar algunas de las más casposas). Lo que en la primera es sorpresa en la segunda es repetición, lo que en la primera es original en la segunda es clonación, lo que en la primera es terror (si acaso) en la segunda es ruido y vacío. Ya llegará el día en que toque comentar ‘Saw II’ y ‘Saw III’, y vista ‘Saw’ (emitida el miércoles en Cuatro a las 22:00) todo apunta a que no será algo agradable de hacer, ni por lo rebuscados que serán los sangrientos crímenes ni por lo mucho que habrá perdido el conjunto respecto a esta primera parte.
Una inquietante escena de 'Saw' (James Wan, 2004)
La película de James Wan, estrenada en 2004, es otra de esas que siguen los pasos del sádico de turno, pero en este caso, y al contrario que en ‘Scream’ y compañía, el sádico es bastante original y meticuloso en sus planes. Eso es lo que hace de ‘Saw’ un filme tan desagradable de ver y, a la vez, tan superior al resto de su especie. Aunque no nos engañemos, ‘Saw’ también pisa algunos cebos, y algunos puestos por él mismo.

El “juego” comienza con dos hombres, Lawrence (Cary Elwes, ‘Lady Jane’, ‘La princesa prometida’) y Adam (Leigh Whannell), encerrados en los baños de un edificio abandonado. Ambos están atados con cadenas, el uno a un lado de la “estancia” y el otro en el contrario. Ambos no recuerdan cómo han llegado allí y ambos están acompañados de un cadáver. A juzgar por las cintas que han colocado en sus bolsillos y el juego que se les propone en ellas, Lawrence y Adam no parecen estar viviendo uno de sus mejores momentos: el primero debe matar al otro si quiere que su familia sobreviva. Tanto los dos hombres como la familia del primero de ellos están siendo cuidadosamente vigilados, y los datos con que cuenta Lawrence acerca del maníaco al que puede deberse ese pasatiempo macabro son desalentadores. Hay formas más claras, directas y completas de explicar el argumento, pero entonces habría que aconsejar leer con el estómago vacío.

Aunque tampoco hay que alarmarse demasiado, ‘Saw’ no es algo tan tremebundo como puede llegar a sonar sobre el papel. Llevada a imágenes, rara vez ha logrado una historia (o un guión) tomar una forma tan espeluznante como en el original escrito. Ésta no es una excepción. Al fin y al cabo ‘Saw’ fue bastante vista en los cines (casi medio millón de espectadores a su paso por las carteleras españolas), ha sido vista por aún más gente en televisión (8,3% de share y casi un millón y medio de espectadores en Cuatro) y seguramente se hinchará a recaudar en videoclubes.

‘Saw’ es desagradable pero todo está tan a la vista, tan al descubierto que desaprovecha esa baza inmensa que es la imaginación del espectador. Poco se deja a la fantasía, ya que por mucho que no veamos al criminal podemos ver a la perfección de qué es capaz, y eso no es del todo bueno. Como siempre, lo que se sugiere puede tomar una forma mucho más inquietante en la imaginación del espectador y en ‘Saw’, en cambio, todo se muestra. Aunque, eso sí, lo que nos muestran tampoco es un paseo lleno de pétalos de rosa.

Lo peor, de todos modos, es la cantidad de escenas violentas que hay en ese macabro paseo que es ‘Saw’. Por más que la imaginación sea capaz de más, una escena desagradable es una escena desagradable y sería falso decir que no impacta. Dos pueden impactar también pero, ¿y diez? ¿Y veinte? El filme pone el cebo y el filme cae en él. Tantas escenas macabras acaban por inmunizar al espectador ante la sangre y los alaridos, desgastan el argumento y también hacen que la función se haga larga, a pesar de contar con alrededor de 100 minutos de metraje (lo habitual, vamos).

Los continuos cambios de escenario y personajes en forma de flasback, flashback dentro del flasback y flashback a las andaduras anteriores del personaje que había dentro del flashback, tampoco ayudan demasiado. Hacen que la tensión sea más irregular, pues obligan al espectador a estar continuamente situándose y re-situándose ante el nuevo salto. Aunque hay que admitir de nuevo que ‘Saw’ está lejos de lo predecible del resto de la cosecha del cine de terror de los últimos años: la película de James Wan guarda escenas realmente impactantes (la de la mujer buscando la llave con la que abrir ese mecanismo que amenaza con desencajarle la mandíbula), las interpretaciones están por encima de la media del género (destaca Danny Glover junto a los raptados protagonistas) y el final no deja indiferente. Después llegarían ‘Saw II’ y ‘Saw III’ para, según dicen, acabar con el particular “encanto” de este juego.

lunes, 25 de diciembre de 2006

Crítica | UN LOCO A DOMICILIO; Jim Carrey, tu peor enemigo

Las razones que llevaron a Diane Baker (‘El diario de Ana Frank’, ‘Marnie, la ladrona’) a participar en semejante papel en ‘Un loco a domicilio’ (ayer a las 14:25 en Cinemanía) serán un misterio hasta el día de su muerte. Aunque ninguno de los papeles que ofrecía el guión de Lou Holtz Jr. merecía realmente la pena: ni el de “hombre del cable” desequilibrado ni el de víctima atontada logran llevar por un camino más definido esta fallida... ¿comedia? ¿thriller? ¿comedia negra? En fin, esta fallida película.
Matthew Broderick y Jim Carrey
en 'Un loco a domicilio' (Ben Stiller, 1996)
Matthew Broderick interpreta a Steven, un hombre que acaba de mudarse a su propio piso tras romper con su novia (Leslie Mann) y que una de las primeras cosas que hace al instalarse es llamar al “hombre del cable”. Eso de ocuparse de la televisión antes de tapar otros agujeros es muy importante para el mensaje de la película, aunque el guión no sepa hacer hincapié en ello: ¿qué lleva a un hombre a preocuparse tanto por algo como la tele (siendo ésta para él un simple entretenimiento) antes de ordenar otras cosas en su vida que parecen más prioritarias? Algo va muy mal en nuestra sociedad y la televisión ha sido empujada a cumplir unos papeles que le vienen muy grandes: divertirnos, hacernos desconectar de nuestros problemas, hacernos compañía y, lo más grave, educarnos. A éste último punto parece querer llegar ‘Un loco a domicilio’ (‘The Cable Guy’), pero lo hace muy pero que muy torpemente.

Volviendo a Steven y su desagradable aventura, ese hombre de la compañía del cable llega y no es otro que Jim Carrey haciendo de Ace Ventura cuando no toca. ¿Qué pretendía la película? Divertir por encima de asustar, poner nervioso por encima de entretener... No queda claro en ningún momento del filme. El caso es que el técnico no es un profesional al uso: es un hombre gritón, gesticulante y payaso que tan pronto se pone a acariciar la pared como a susurrar las mayores tonterías que caben en un diccionario. Pero la cosa no queda ahí, pues lo que empieza como una visita se convierte en una especie de persecución. Pronto Steven se ve huyendo de ese desequilibrado que pretende convertirlo en su amigo inseparable, aunque la película nunca llega a aprovechar la situación. Lo ideal hubiese sido que el hombre empezase por hacer gracia (cosa que no logra Carrey en ningún momento) para pasar poco a poco a ser inquietante (cosa que tampoco logra en absoluto el histriónico actor), pero la película quiere darlo todo de golpe y al final no nos da nada de nada.

Carrey intenta dar pena haciendo de solitario (“¿de verdad quieres saber mi nombre?”), sonar agradecido (“tú me has dado algo muchísimo más valioso, tu amistad”) y asustar (le deja 9 mensajes estilo “maníaco” al protagonista en el contestador que más bien parecen piezas de ‘El club de la comedia’) sin renunciar a esa forma de hacer comedia tan molesta que tiene. No consigue hacer que el espectador le comprenda y tampoco consigue asustar, pero lo peor es que ni siquiera divierte, con lo que su interpretación es la nada absoluta. Y no es que sea un mal actor (‘El show de Truman’, ‘¡Olvídate de mí!’), pero Jim Carrey ha demostrado en demasiadas ocasiones que puede ser uno muy insoportable.

Matthew Broderick (‘Election’), por su parte, se pasa la película con cara de incredulidad, demasiado baja en intensidad para el pedazo de loco que tiene delante. Si lo que pretendía era servir de contrapeso a la exageración de Carrey debería haber medido más la fuerza que ponía en su empeño, porque lo suyo fue cargar en exceso hacia el extremo opuesto. Pero lo peor llega cuando el actor intenta imprimirle un toque cómico a su interpretación: hombre apagado y aburrido... pero divertido. O eso quería Broderick.

El resto de actores son: Jack Black, correcto como amigo del (cuerdo) protagonista; Owen Wilson, sin (buenas) novedades; Leslie Mann, aburrida en la piel de la amada del (cuerdo) protagonista; Diane Baker, en un papel que le exige decir poco más que ‘teta’ y ‘pezón’; y por último están el propio director, Ben Stiller, y Eric Roberts (“hermano de-”) montando una juerga paralela al argumento dentro del televisor para ridiculizar el trato sensacionalista que recibe la información en televisión.

Las intenciones eran buenas por lo visto (la escena en la que descubrimos que el personaje de Carrey fue en su infancia el hijo de una mujer que siempre estaba “yendo de copas”, un niño que soñaba con tener un hermano y que pasaba sólo ante la tele demasiado tiempo, es una escena que viene a decirnos que algo querían contar), pero para hablar sobre los peligros de una sociedad dominada/transformada por la televisión no había que meter tantas tonterías de por medio (la lucha entre caballeros medievales, la sonrojante sesión de karaoke, el juego “picante” tras la comida familiar...), pues todas ellas juegan en contra de la tensión que pudo haberse construido.

La tv-movie ‘El televisor’ (Chicho Ibáñez-Serrador, 1974) divertía más, asustaba más, tenía interpretaciones inmensamente superiores y era mucho más clara a la hora de pintar la televisión como algo peligroso. Y es sólo un ejemplo, pero los habrá a miles.

viernes, 22 de diciembre de 2006

Crítica | LEÓN Y OLVIDO; Piezas de una existencia difícil

Hay películas que merecen una especial atención aunque sólo sea por tratar temas delicados y muchas veces apartados. ‘León y olvido’, que se emitió el martes en el programa ‘Versión española’ (La 2), es una película bella y dura a la vez. Trata el tema de las discapacidades y lo hace desde un punto de visto inmensamente más realista que otras películas tan conocidas como ‘Forrest Gump’ (Robert Zemeckis, 1994) o ‘Aprendiendo a vivir’ (Garry Marshall, 1999).
Guillem Jiménez y Marta Larralde
en 'León y Olvido' (Xabier Bermúdez, 2004)

La película de Xabier Bermúdez (guionista de ‘Los pasos perdidos’) no recurre al cuento o la sensiblería como han hecho tantas y tantas veces otros filmes sobre personas con minusvalías psíquicas. En ‘León y olvido’ el propio protagonista es un joven con síndrome de Down (el estupendo Guillem Jiménez) y el tema es tratado de forma muy directa, por lo que a veces la película se hace incómoda o dolorosa de ver según la escena y la situación que se plasma en ella.

El filme de Bermúdez nos hace testigos de la complicada relación entre una chica llamada Olvido (Marta Larralde) y su hermano León (Jiménez), del que ella tiene que ocuparse sin la ayuda de nadie y con un sueldo insuficiente. Sin ningún pariente cercano que se haga cargo del cuidado del chaval, Olvido ha visto cómo varios centros se negaban a acoger a su hermano obligándola a enfrentarse sola a la carga que le supone vigilarlo. Tan sólo las horas que pasa en un centro de enseñanza especial apartan a León de su hermana, cuyo novio Iván (Mighello Blanco) tampoco parece dispuesto a prestar una verdadera ayuda. Así las cosas, Olvido no puede evitar ser cruel y hasta despiadada hacia León: “¿te acuerdas cuando decías que te ibas a poner a trabajar y que te ibas a comprar un coche? ¿No te das cuenta de que nunca vas a hacer ni una cosa ni la otra? ¿No te das cuenta por qué?”, “nadie va a querer cargar contigo”...

‘León y olvido’ tiene el acierto de no juzgar a sus protagonistas, por más que el comportamiento de los mismos sea en ocasiones terrible. La película va llevando a los personajes a un callejón sin salida donde están solos y desamparados, y narra las reacciones de los mismos a su desgracia de una forma neutral. No hace dramas de pañuelo ni mira a Olvido bajo una lupa “oscurecedora”, ni siquiera cuando ésta lleva a cabo uno de los muchos “atentados” contra su hermano (los abandonos, el momento en el que le pide a León que coja la flor que hay en el borde del acantilado...).

Lo malo de la película es que la vida de los protagonistas parece estar contada a trompicones. Da la impresión de que los acontecimientos que vemos son historias cortas que están pegadas la una a la otra, y en ocasiones parecen incluso situaciones inconexas que nos son mostradas una detrás de la otra como resultado de una selección previa de lo mejor (o, muchas veces, lo peor) de los protagonistas. La película no tiene un verdadero ritmo en algunos tramos y es por eso que toma la apariencia de zapping televisivo.

Tampoco logra ayudar del todo al relato la parte en la que Olvido encuentra un puesto de trabajo en la tienda de Damían (Gary Piquer, ‘El último viaje de Robert Rylands’), un desagradable vendedor que no es sino otra más de las muchas caras que ignoran las dificultades a las que deben enfrentarse esos hermanos. Este punto ya estaba lo bastante claro con las breves (pero suficientes) intervenciones de esos guardias civiles, psicólogos y médicos que le niegan la ayuda a Olvido, incluso cuando les queda claro a todos ellos que ésta maltrata a León, un chico que quiere a su hermana por encima de todas las cosas y que se siente curiosamente responsable de ella (“tengo que ayudar a mi hermana”).

A pesar de todo, ‘León y olvido’ es, en su conjunto, una película sensible e interesante, que no tiene miedo de presentar hechos que pueden resultar desagradables o incómodos y que nos pone cara a cara con algunos de nuestros prejuicios más escondidos.

La presencia de Guillem Jiménez influye enormemente en la capacidad que tiene la película para hacer de ese cara a cara algo tan real, directo y humano, pero también su compañera tiene mucho que ver en ello. Marta Larralde es una actriz que nunca parece lo suficientemente relajada como para sonar enfadada, desolada o feliz de verdad, y por eso su risa y su llanto suelen ser de lo más falsos. Pero hay que admitir que en esta ocasión la intérprete gallega ofreció una interpretación muy conseguida y además en un papel que en absoluto era sencillo. Larralde transmite a la perfección la frialdad y amor de Olvido hacia León, llegando a ser brusca y desagradable pero haciendo comprensible el personaje de cara al espectador.

‘León y Olvido’, que recibió en su día premios para su director y su protagonista femenina en los festivales de Ourense, Toulouse Cinespaña y Karlovy Vary, se emite de nuevo el miércoles 27 en cinemanía 2 a las 10:25.

martes, 19 de diciembre de 2006

Crítica | TERESA DE CALCUTA; La humilde monja, toda una estrella

Es muy peligroso llevar adelante el biopic de un personaje conocido y que la realización del mismo caiga en manos de un seguidor, fan o amante de la figura de ese personaje. El italiano Fabrizio Costa deja muy claro en ‘Teresa de Calcuta’ (‘Madre Teresa’) que no ha venido a hacer una miniserie objetiva sobre los logros de la llorada monja nacida en Skopje (antes Turquía y ahora República de Macedonia). Costa admira al personaje y lo demuestra. Demasiado.

La historia que cuenta esta exitosa producción televisiva italiana (estrenada en cines en España y emitida el sábado en ETB2) es, en efecto, la de aquella humilde monja que luchó durante décadas contra la miseria, el hambre y la enfermedad en Calcuta (India). En la miniserie, la Madre Teresa (Olivia Hussey) es dibujada como una mujer paciente y trabajadora que antepone los intereses del resto de los mortales a los suyos propios, aunque eso signifique tener que aplazar sus proyectos caritativos para ocuparse de asuntos ajenos. La célebre monja está dedicada en cuerpo y alma a los desfavorecidos en ese infierno de pobreza y desesperanza que es Calcuta y lo hace todo sin ánimo de lucro ni persecución de publicidad de por medio. Hay un momento en la miniserie que muestra muy bien las prioridades de la monja, ese empeño inamovible en poner siempre la acción por delante de la burocracia. Es cuando le sugieren por primera vez fundar una empresa con la que poder cobrar el dinero de las donaciones más cuantiosas que recibe: “en cuanto se juntan tres personas en una misma habitación lo único que piensan es en montar una empresa. Preferiría que todo fuese más simple, más desorganizado... felizmente desorganizado”.

Todo parece perfecto: la historia de una mujer que ayuda a los demás. Pero el hecho de que se trate de una monja es lo que viene a torcer las cosas a la hora de llevar la vida de esta mujer a imágenes. Si esto fuese la biografía de alguna voluntaria de una ONG al director seguramente no se le hubiesen ido las cosas de las manos de esta forma. Fabrizio Costa convirtió ‘Teresa de Calcuta’ en una miniserie sobre religiosos y sólo para religiosos. ¿Para tanto? Si fuese la biografía de una estrella del rock se diría del director que es un fan alocado.

Si lo que pretendían era presentar a una Teresa humilde ante todo, los guionistas (Francesco Scardamaglia y Massiomo Cerotini) tenían que haber tenido bastante más cuidado a la hora de incluir frases como “esa mujer es hija de la diosa de la misericordia”, que aunque no salgan de boca de la monja poco favor le hacen a la misma. Los métodos para glorificar la figura de Teresa y, en general, todos los elementos que ayudan a darle ese punto de espiritualidad a la miniserie, están pasados de vueltas hasta el punto de que la acción (aunque la sepamos verídica) se hace absolutamente difícil de creer.

Es cierto que en esto último influye mucho la situación que vemos a nuestro alrededor. Pocas personas están tan dedicadas a los menos favorecidos como lo estaba Teresa de Calcuta, y por ello una persona tan buena resulta casi incómoda de ver en pantalla, por mal que suene decirlo. Se la ve exageradamente buena. Pero hay otra cosa en la miniserie que viene a hacerle al conjunto un daño mucho mayor del que le hace la tendencia de los guionistas a glorificar a la protagonista: la tendencia de los mismos a satanizar el personaje del periodista Kline (Neil Stuke).

Stuke (que aparece en filmes como ‘Dos vidas en un instante’, ‘Circus’ y ‘Lluvia en los zapatos’ de María Ripoll) tiene un papel en la línea de los rusos de ‘Air Force One’ (Wolfgang Petersen, 1997) y los iraníes de ‘No sin mi hija’ (Brian Gilbert, 1991). Si se tratase de una moneda diríamos que sólo cuenta con una cara, y es la cara mala. Kline es malo, y eso es todo. Es lo único que nos dicen de él en la miniserie, y no hay más que verle en acción micrófono en mano (“la verdad oculta tras las actividades de la Madre Teresa. Esa Ciudad de la Paz tiene sus cimientos en la corrupción”) para pensar seriamente que el personaje está inspirado en la idea que los devotos guionistas deben tener sobre el diablo. La historia nos dice que ella es la buena y él es el malo. Así de simple. Sobre la Madre Teresa conocemos todas sus buenas acciones, incluso algunos datos familiares etc. ¿Qué sabemos sobre él? O mejor: ¿qué querían que supiéramos?

Para ver hasta qué punto daña el personaje de Neil Stuke el conjunto de la producción basta con pararse a pensar. Un personaje que es tan sumamente malo no parece real, no nos lo podemos creer ni a punta de pistola. Entonces, si vemos cómo han intentado manipularnos con ese periodista tirano, ¿por qué deberíamos creernos lo demás? ¿Por qué deberíamos pensar que la existencia de una persona tan buena como Teresa es realmente posible?

Como no hay dos sin tres, ‘Teresa de Calcuta’ también salió mal parada en lo que a interpretaciones se refiere. Todo apuntaba a que Olivia Hussey (‘Romeo y Julieta’ de Franco Zeffirelli, ‘Muerte en el Nilo’), pondría toda la carne en el asador para enfrentarse a este papel, ya que llevaba 20 años queriendo ponerse en la piel de la Madre Teresa, según dijo en su momento. Pero el entusiasmo debió ir por dentro, porque su Teresa es excesivamente contenida. Aunque mucho peor está Ingrid Rubio (‘Más allá del jardín’, ‘Hermanas’, ‘Salvador’) en el papel de la hermana Agnese: con ese aspecto tan dulce y esas frases que suelta todo el rato como con miedo de llegar al volumen de susurro, la actriz catalana es demasiado angelical, demasiado buena, demasiado de demasiado incluso para un papel y un guión como estos. En su última escena, caminando encorvada y entrecerrando los ojos para pasar por anciana, resulta inevitablemente risible. Suerte que son unos segundos. Suerte para todos.

Olivia Hussey dijo que al lograr el papel de la Madre Teresa sintió que había sido elegida para “llevar a cabo una misión”. Al final, quien pareció tomárselo así fue Fabrizio Costa, que en su afán de convertir a una humilde monja en estrella de la historia más grande jamás contada acaba poniéndolo todo en su contra (incluso la bonita banda sonora de Guy Farley).
(Foto: Olivia Hussey en 'Teresa de Calcuta')

sábado, 16 de diciembre de 2006

Crítica | LA MADRE DEL NOVIO; Jane Fonda regresa, pero en un vehículo destartalado

‘El padre de la novia’ (Charles Shyer, 1991), ‘Vuelve el padre de la novia’ (Charles Shyer, 1995), ‘Los padres de ella’ (Jay Roach, 2000), ‘El hijo de la novia’ (Juan José Campanella, 2001), ‘Los padres de él’ (Jay Roach, 2004) y ahora ‘La madre del novio’ (Robert Luketic, 2005). Para no perderse en esta jungla de títulos primo-hermanos, tirando a clónicos, insípidos y poco imaginativos, habría que referirse a cada una de las películas con alguna frase descriptiva que abarque el argumento o nivel de cada una de ellas: ‘El padre de la novia’ y ‘Vuelve el padre de la novia’ son la de Steve Martin haciendo sus habituales Steve Martineces y la correspondiente secuela; ‘El hijo de la novia’ es aquella muy digna película argentina protagonizada por Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro; ‘Los padres de ella’ es la del divertido duelo entre Robert de Niro y Ben Stiller, con gatos, cenizas y polígrafos de por medio, y ‘Los padres de él’ es la secuela de la anterior, con Barbra Streisand y Dustin Hoffman unidos a la fiesta. Sobre ‘La madre del novio’ (‘Monster-in-law’) se podría decir simplemente que es la peor de toda esa lista, pero hay algo muy especial que destacar sobre ella: Jane Fonda, ganadora de dos Oscar, actriz inmensa e irrepetible, regresa al cine con esta película tras 15 años de ausencia (lo último que hizo fue la soporífera ‘Cartas a Iris’).

Las películas sobre suegras “juguetonas”, muy poco simpáticas e incluso psicopáticas suelen resultarme curiosamente entretenidas. Se me ocurren ahora mismo dos ejemplos de “películas con suegra” que de malas acababan por resultar cómicas: ‘Relación mortal’ (‘Hush’), con Jessica Lange y Gwyneth Paltrow enzarzadas en la lucha por un bebé y un marido (otro bebé, éste mental), y ‘Falso asesinato’ (‘Mother knows best’), con Joanna Kerns haciendo de la cabra más loca del rebaño, tratando de eliminar al marido (Grant Show) de su hija (Christine Elise). La primera es una cinta por cuya destrucción mataría el más pacífico de los actores acreditados en ella. El segundo es un telefilme capaz de convertir una sobremesa de fin de semana en “el último adiós” por corte de digestión letal. Pero lo más curioso, o mejor dicho, lo verdaderamente patético para ‘La madre del novio’, es que las dos anteriores, sin proponérselo lo más remotamente, resultan inmensamente más divertidas que ésta que nos ocupa.

La película de Robert Luketic (autor de esa otra joya que es ‘Una rubia muy legal’) cuenta la historia de Charlie (Jennifer López), una chica de lo más sencilla que se enamora de un atractivo cirujano (Michael Vartan), el tipo de príncipe azul capaz de hacer una tesis doctoral sobre los ojos de la mujer a la que ama cuando ésta se da la vuelta para ponerle a prueba. Pero las cosas se tuercen cuando ella conoce a su futura suegra, Viola (Jane Fonda), una presentadora de televisión a la que acaban de “retirar” y a la que, como bien dice su hijo, “solo le quedo yo”. Pues bien, va Jennifer López e intenta arrebatárselo, o así lo entiende al menos la adorable señora.

He de admitir que siendo todo menos un fan de la Jennifer López cantante, en todas las películas en las que la he visto he deseado que jamás se le hubiese ocurrido soltar el micrófono. Por eso es que, al ver el póster español de ‘La madre del novio’, con esa espectacular y sonriente Jane Fonda clavándole las garras a López, pensé que la cosa no estaría tan mal. Pero la heroína es López, ella es la estrella, ella la santa y dulce nuera, también tonta hasta cierto punto en la película, justo cuando hay que acelerar para empujar hacia un desenlace (uno de los más precipitados y facilones que se hayan visto en el peor cine comercial de los últimos años).

Robert Luketic y la guionista Anya Kochoff no debían saber lo que tenían en su reparto. Que desaprovechasen la presencia de actores como Will Arnett (‘Arrested development’) o Harriet Sansom Harris (‘Mujeres desesperadas’) tenía delito, pero lo de hacer del regreso al cine de Jane Fonda un espectáculo aburrido hasta la desesperación, lleno de chistes fáciles, bofetadas varias, mordiscos de perro y griteríos desquiciantes, eso no tiene perdón. A Fonda, que aún y todo es lo mejor de la película, le cuesta demasiado aparecer (15 minutos que parecen años) y cuando lo hace demuestra al instante que su personaje no viene precisamente a hacer humor inteligente. Justo después de ser despedida, Viola se pone ante las cámaras en lo que parece ser su último programa. Por un momento el espectador se hace ilusiones de que humille a su joven, odiosa, tonta y rubísima entrevistada, pero lo que hace es abalanzarse sobre ella como un león a por su presa. Y así todo el filme: pelea, estupidez y bulla desaprovechando todo cuanto tenían de su lado.

Puede que Jane Fonda tuviese muchas facturas que pagar, pero hubiese merecido la pena descansar otro añito más...

(Foto: póster español de 'La madre del novio')

martes, 12 de diciembre de 2006

Crítica | MUJERES; Combinación ganadora

Los que dijeron aquello de “meses y meses en un cajón para acabar en La 2” no deben poner el segundo canal de Televisión Española más que para ver los documentales. Parece que para algunos ese canal solo puede llegar a ser bueno cuando se trata de fauna salvaje, y aunque es verdad que la ficción que se suele ver ahí no suele ser muy notable, las cosas se cambian con movimientos. ‘Mujeres’ ha sido ese movimiento. Y sí, es cierto que la producción de El Deseo y Mediapro (que ha venido emitiendo La 2 cada lunes a las 22:30) se pasó un buen puñado de meses en un cajón de “la casa”, pero si esos adictos a los documentales se hubiesen molestado en ver la serie se habrían encontrado con una de las mejores sorpresas que nos ha dado “la de todos” en mucho tiempo.

Y ya no solo TVE. Cuesta echar la vista atrás y encontrar en el recuerdo reciente algo de ficción de producción propia que se haya visto en España y que haya dejado tan buen sabor de boca. Respecto a similitud en el argumento, se podría decir que ‘Aída’ es lo más cercano que hemos visto a ‘Mujeres’, pero aunque la primera sea realmente divertida y mordaz, la segunda es la que ha logrado calar más hondo en los espectadores la hemos seguido: ‘Mujeres’ ha logrado a la vez ser una comedia costumbrista y un drama del mismo tipo; ha conseguido compaginar dos géneros y fundirlos en uno mismo, entregándose a cada uno en su justa medida y creando una comedia de barrio que ya es un pequeño clásico.

Las protagonistas de la serie son unas supervivientes natas. Irene (Chiqui Fernández) es una viuda que convive en su modesta casa de Madrid con sus hijas, Magda (Inma Cuevas) y Julia (Carmen Ruiz), y su madre, Palmira (Teresa Lozano). Irene trabaja en una panadería-cafetería y es una mujer todoterreno: se ocupa de la casa, trabaja sin descanso y tiene sobre su espalda el peso de hacer que toda su familia lo tenga algo más fácil, que sean más felices. En fin, se trata de una de esas madres que parecen tener brazos para aguantar siete bebés, una mujer a la que no le da tiempo a preguntarse: ¿y qué hay de mí?

Su hija Magda es una adolescente acomplejada, preocupada constantemente por no estar en el peso ideal. La relación entre Magda e Irene es más o menos la habitual entre madre e hija (hija de esa edad, nos entendemos), pero por si no tuvieran bastante con preocuparse de sí mismas y de la abuela, en el primer episodio vuelve al hogar Julia, la otra hija de Irene. Ésta, tras una ruptura amorosa, parece volver al nido para llorar su desgracia. Pero a medida que avanza la historia comprobamos que ninguna de las protagonistas de esta serie es del tipo que espera a que la felicidad llame a su puerta. Irene, Magda y Julia no están dispuestas a renunciar a la búsqueda de algo mejor de lo que la vida parece tener pensado para ellas.

Pero no son ellas todas las chicas de la función. Palmira, la madre de Irene, merece mención aparte. Ella está en ese punto de la demencia senil en el tan pronto provoca las situaciones más divertidas como se convierte en un doloroso adelanto del drama que se avecina: hoy la señora dice que quiere irse de viaje en un coche de feria, por ejemplo, pero mañana puede que ya ni siquiera sepa lo que es un coche, ni quién es esa mujer que dice ser su hija y que tanto la quiere y se preocupa por ella. La amenaza está ahí durante toda la serie y es uno de los más claros ejemplos de lo acertados que han estado Dunia Ayaso y Félix Sabroso, los creadores: ‘Mujeres’ ha dado con ese término medio tan buscado; tiene tanto de comedia como de drama y en ningún momento se pasa con lo uno ni se queda corta con lo otro.

A Chiqui Fernández puede que nunca le toque de nuevo otra como ‘Mujeres’, pero nadie le podrá quitar este triunfo de su currículum. Aunque a veces parece que le falta algo de entusiasmo a la hora de meterse en su personaje, la actriz interpreta a Irene con suficiente realismo. Como todo en ‘Mujeres’, Chiqui Fernández pone la balanza en el punto justo en lo que a los ingredientes de su personaje se refiere: hay algo de amargura en su Irene pero también un punto de alegría esperanzadora que siempre acaba saliendo.

El resto del reparto está plagado de actores en estado de gracia. Carmen Ruiz es una estupenda y adorable Julia, un papel que supongo tardará en olvidar la actriz, una de las protagonistas de ‘Yo soy Bea’. Todo apunta a que también Víctor Clavijo (‘Al salir de clase’, ‘El regalo de Silvia’) tardará en olvidar este momento de su trayectoria profesional: en la piel de Nicolás, el drogadicto del barrio, está simplemente perfecto, y en las últimas semanas ha sorprendido igual de gratamente con su papel de enfermo terminal en ‘Hospital Central’. Teresa Lozano, que encarna a Palmira, ha dado también grandes momentos a ‘Mujeres’, así como Bart Santana (Raúl, el hijo de Irene), Gracia Olayo (Susana, la singular amiga de la protagonista), Marilyn Torres (Belinda, la compañera de trabajo de Irene) y Aitor Merino (el ex novio homosexual de Julia).

Han sido 13 episodios y han sabido a poco. ‘Mujeres’ terminaba ayer su primera y única temporada con un final muy satisfactorio, que incluía a Palmira dándole un besazo en la boca a Gabriel (Christian Esquivel), su particular “vigilante”, y a una divertida Susana cantando ‘En un mundo nuevo’ de Karina. La gran apuesta de La 2 para esta temporada ha sido una combinación ganadora.

(Foto: Carmen Ruiz en 'Mujeres')

lunes, 11 de diciembre de 2006

Crítica | HEROÍNA; El pulso inconcluso entre dos voces

Hay un tipo de historias que conllevan ciertos riesgos. Las historias policíacas, de acción o de terror tienen sus peligros, pero películas como ‘Heroína’ (mañana a las 15:30 en Canal +), aparentemente más sencillas, no se quedan atrás: se trata del riesgo de caer en lo lacrimógeno o incluso épico cuando lo que se pretende es hacer un drama de denuncia social. La película de Gerardo Herrero (‘El misterio Galíndez’, ‘Malena es un nombre de tango’) tiene virtudes indiscutibles, pero al verla no puede uno quitarse de encima esa molesta sensación de estar viendo una especie de combate.

Hay dos voces en ‘Heroína’, ambas hablan sobre la forma de contar una historia y ambas parecen tener dificultades para convivir en un mismo filme sin pisarse la una a la otra. Dicen lo siguiente: ¿les hacemos llorar o pensar? Si esto fuese un telefilme de sobremesa, casi con total seguridad los responsables hubiesen optado por lo primero, pero no lo es. Aunque si bien ‘Heroína’ se pudo ver en pantalla grande, no acaban de decantarse del todo por la segunda opción, y cuando lo hacen se pasan.

No es bueno “programar” la acción de una película para manipular al espectador y que rompa a llorar en determinado momento, sienta odio hacia el malo en otro y se limite a asentir en otro, todo exactamente cuando los realizadores quieren y exactamente como ellos quieren. Pero al presentar los hechos para que sea el espectador quien juzgue (que es lo que hace ‘Heroína’) también hay que tener cuidado de hacerlo como es debido, con la suficiente fuerza, con los momentos de emoción convenientemente distribuidos y con un orden en la exposición que impida el caos. Aunque, sobre todo, hay que impedir los extremos. Igual de malo es caer en el lloriqueo fácil y en el grandiosismo falso que hacer una película fría que pasa ante los ojos del espectador como un rápido aire helador, de esos que alcanzan hasta hacerte saber que han pasado pero que te dejan prácticamente igual. Esto último es lo que hace sobre todo la película de Gerardo Herrero, pero no contenta con eso también tiene momentos, digamos, de “sensiblería que cruzó la línea” y heroísmo exagerado.

Lo peor es que a ratos se nos deja ver lo que pudo ser y no fue: ‘Heroína’ a veces parece un telefilme al que le cuesta soltarse la melena y otras, en cambio, resulta una película contenida pero muy dolorosa de ver. Así es el caso real en el que se basa, enmarcado en una Galicia devastada por la droga en la que el paisaje desolador de las calles se mete en los hogares sin llamar. Ese drama se lo encuentra en casa Pilar (Adriana Ozores) cuando su hijo Fito (Javier Pereira, Tu vida en 65') cae en las redes de las drogas, pero lejos de rendirse se decide a luchar con todas las consecuencias que ello pueda tener: forma una nueva asociación junto a otros padres de toxicómanos, se echa a la calle a protestar, soporta constantes amenazas e insultos, sacrifica el tiempo de estar con su marido (Carlos Blanco)... Todo por ese hijo al que sabe enfermo.

Es delicado hablar sobre lo real, falso o lacrimógeno que es un filme basado en una desgarradora historia real, pero no por ello se puede obviar que ‘Heroína’ no consigue ser un drama social del todo efectivo. No puede ser que alguien que no conoce los hechos reales en los que se basa sepa cuándo va a gritar esa madre, cuándo se sentirá avergonzada, humillada, amenazada, cuándo le dirá su marido que no le presta la suficiente atención... Si esta historia se parece demasiado (desgraciadamente) a otras que ya hemos visto/oído, correspondía al guión saber sacar partido al relato y moldearlo para que el drama fuese cortante, deprimente y duro contra viento y marea, nunca visto o mil veces visto. Era posible lograrlo. De todos modos, en un caso como éste las buenas intenciones cuentan y mucho: ‘Heroína’ no es en absoluto divertida (un acierto) y es bastante clara en lo que quiere contar (aunque el debate interno de cómo hacerlo siga ahí en todo momento) y eso es algo que no se les puede negar ni a la guionista (Ángeles González Sinde, directora de la estimable ‘La voz dormida’) ni al director.

Otra cosa que tampoco se le puede negar a la película es la eficacia interpretativa de sus protagonistas. Carlos Blanco, Javier Pereira y María Bouzas (sobre todo ésta última) hacen trabajos francamente buenos. Lo de Adriana Ozores, ganadora del premio a la mejor actriz en el Festival de Cine de Montreal en 2005, es un caso aparte. Quizás su acento gallego (ella es madrileña) suene algo forzado en ocasiones, pero la actriz, una especie de Meryl Streep española, puede con todo y en esta ocasión no iba a ser menos. En el papel de Pilar (papel inspirado en Carmen Avendaño, una de las madres que plantaron cara a los narcotraficantes en la Galicia de los 80), Ozores no parece encontrar ningún obstáculo en su camino a la hora de transmitir sentimientos tan dispares como fuerza, culpabilidad y amor. No necesita llorar, le basta con callar y mirar para hacer de la coraza de Pilar un drama inmenso y descorazonador. Ojalá ‘Heroína’ estuviese en todo momento a la altura de su protagonista.

(Foto: póster de 'Heroína')

jueves, 7 de diciembre de 2006

Crítica | DURMIENDO CON SU ENEMIGO; Cuando el enemigo es el guión

En una época en la que la violencia de género está tan desgraciadamente presente y de actualidad en nuestra sociedad, ‘Duermiendo con su enemigo’ (‘Sleeping with the Enemy’) está lejos de ser la mejor película para ilustrar este drama. Es bien cierto que tampoco es la peor idea que han tenido los programadores en una sobremesa, pero al guión le falta tensión y no acierta a crear ni terror ni un drama alejado de lo más rutinariamente telefílmico.

El director estadounidense Joseph Ruben (Briarcliff, Nueva York, 1951) ha firmado a lo largo de su carrera películas como ‘El buen hijo’ y ‘Misteriosa obsesión’, y ésta de ‘Durmiendo con su enemigo’ (ayer a las 17:55 en Cuatro) está en esa misma línea: es una película muy comercial, con un suspense de tipo doméstico, en la que lo visual es sospechosamente superior al desarrollo del argumento. Esto no hace del todo malo al filme, pero sí que juega en su contra: la película se hace muy llevadera (cabría decir que demasiado teniendo en cuenta el tema) y no hay problemas para enganchar al espectador (un 8,4% de la audiencia la siguió ayer, una cifra a tener en cuenta para un canal como Cuatro), pero el peso dramático y la capacidad de conmover o inquietar se ven enterradas bajo esa capa de belleza estética.

Si la trama fuese de corte sobrenatural (como en el caso de la ‘Misteriosa obsesión’ de Julianne Moore) o descabelladamente improbable de darse en la realidad (como en el caso de ‘El buen hijo’ que estaba hecho Macaulay Culkin) el error habitual de Ruben podría haber pasado una vez más como esa “asignatura pendiente” de siempre, que impide hacer del nuevo filme algo realmente bueno pero que tampoco molesta. El problema es que ‘Durmiendo con su enemigo’ tiene como protagonista a una mujer maltratada y este tema ya no es algo que se pueda maquillar bajo colores cautivadores. La historia merecía haber sido tratada con más cuidado, poniendo el énfasis en los acontecimientos y no en la fotografía, en la música o en la cara bonita de la protagonista.

Julia Roberts, que estaba en plena fiebre ‘Pretty Woman’ (Garry Marshall, 1990) en el momento de rodar este filme, interpreta a Laura, una mujer inteligente y atractiva que cometió el error de su vida al casarse con Martin Burney. Él, interpretado por Patrick Bergin, es un hombre claramente desequilibrado: salta a la vista desde los primeros minutos de la película que su afición a escuchar esa música tan tétrica, esas maneras amables que reprimen una ira incontrolable, esa obsesión enfermiza por el orden y esos celos patológicos no son simples “rarezas”. Ni siquiera unas rarezas, digamos, preocupantes. Martin está loco, y como una cabra además (no hay más que verle intentando sonar cariñoso con frases como “siempre estaremos juntos, nada podrá separarnos”).

En los primeros minutos de metraje Joseph Ruben se las apaña para que el tono sea al menos un tanto inquietante, malsano: la música de Jerry Goldsmith, aunque tenga algo de televisiva y romántica, tiene un aroma dramático que deja ciertamente intranquilo; la interpretación de Patrick Bergin es suficientemente turbadora; lo solitario del escenario resulta amenazador, y el guión se esfuerza en presentar la historia con un ritmo agobiante. Pero la película comienza una pronunciada cuesta abajo justo en el momento en el que menos debería: Laura escapa de su captor (porque no es otra cosa) y se dispone a comenzar una nueva vida. Pero el guión de ‘Durmiendo con su enemigo’ pretende entonces que creamos que la valiente heroína, esa que ha aprendido a nadar a espaldas de su marido y se las ha ingeniado para llegar en plena tormenta hasta la boya, es lo suficientemente estúpida como para arrojar su alianza al retrete, donde a buen seguro acabará apareciendo (esto es Hollywood, y no la parte alta). Para colmo Laura encuentra una acogedora casa en otro lugar en la que desordenar a gusto las toallas y comenzar una nueva relación con su vecino, un hombre de cuento. ¿Dónde queda el drama? ¿Y la tensión? ¿La seriedad?

La impactante (aunque no original) escena que pone fin a la película llega demasiado tarde, ya que para entonces hemos tenido que aguantar por demasiado tiempo un guión que parece pensar más en la recaudación que en hacer un retrato creíble sobre un problema social, como también hemos tenido que soportar la falta de encanto del príncipe azul encarnado por Kevin Anderson. Pero, sobre todo, llegado el final hemos tenido que soportar durante más de hora y media la multimillonaria sonrisa de una actriz que está francamente perdida en esta función. Julia Roberts no supo poner rostro a todas aquellas mujeres que se ven en la situación de su personaje en la vida real. Le faltó fuerza y le faltó, en especial, parecer más real que cinematográfica.

En una escena de la película, cuando comienza a poner en marcha su plan de escape, la protagonista rompe con una piedra una farola que hay junto a su casa haciendo estallar los cristales de la misma. Posteriormente, en la oscuridad de la noche, la mujer se guía por la ausencia de esa luz en el paseo marítimo para saber por dónde llegar al que ha sido su hogar. La incógnita de si se cortará o no con esos cristales es lo más inquietante y macabro de ‘Durmiendo con su enemigo’. Ya es decir mucho.

(Foto: póster español de 'Durmiendo con su enemigo')

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Crítica | IMPULSO SANGRIENTO; La digna adaptación de lo comercial

La escritora escocesa Val McDermid, a la que se deben novelas como ‘Asesino de sombras’ y ‘Un eco lejano’, es un valor seguro en el género de misterio, una especie de Mary Higgins Clark británica. Sus historias, aunque puede que no se conviertan en clásicos inmortales, son siempre interesantes y enganchan, y por eso se entiende a la perfección que el canal ITV decidiese adaptar algunas de ellas para llevarlas a la televisión. Podría haber salido mal (eso lo sabe bien Higgins Clark), pero no ha sido el caso: la ITV ha hecho justicia a dos de los personajes más célebres de McDermid.

La serie ‘Impulso sangriento’ (‘Wire in the blood’), que emite desde hace semanas Calle 13 los martes alrededor de las 23:00, sigue los casos del doctor Tony Hill (Robson Green) y la inspectora Carol Jordan (Hermione Norris). Ambos forman un equipo perfecto, siendo él un psicólogo clínico experto en dibujar perfiles de criminales y ella una inspectora consagrada a su profesión.

El doctor Hill parece trabajar al modo del científico-escritor; cada vez que se da un acontecimiento complejo (un crimen de lo más rebuscado) él comienza a escopetear posibles teorías, “inventando” los posibles caminos, motivos y oportunidades que han podido llevar a la mente enferma de turno a cometer el acto brutal. Digo lo del científico-escritor porque a veces no está claro si el doctor ata cabos, fantasea o ata cabos a base de fantasear. Hay momentos en los que sus palabras parecen pura literatura (“... o sufrió una crisis nerviosa, a veces las personas intentan dejar atrás su antigua vida [...] el fuego puede ser un intento por recuperar el poder o el éxito en una vida en la que todo se ha descontrolado”), pero con el tiempo se descubre que nada de lo que dice o piensa en alto el protagonista son hipótesis vacías o cuentos descabellados.

Carol Jordan no se parece demasiado a su compañero; ella parece más “normal”, una mujer de trato más cercano, amable y sonriente, aunque igual de eficiente en su trabajo. Ella es la que pregunta eso de “¿pero eso no es posible, no?” cuando él suelta su nueva teoría, pues sus métodos tienen más que ver con los hechos y las pruebas, con tener los pies en el suelo y no imaginar. Ella trabaja con lo que está a la vista mientras él siempre intenta ir más allá, poniéndose en la piel del criminal y tratando de adivinar su próximo paso. Es eso que los diferencia en los métodos lo que los une y convierte en un equipo tan bien conjuntado.

‘Impulso sangriento’, con su duración de hora y media, tiene la oportunidad de adaptar las historias de Val McDermid con más libertad de movimiento. Hasta la fecha la serie ha tomado como punto de partida las novelas de la escocesa en dos ocasiones: en el episodio ‘El canto de las sirenas’ (basado en ‘The Mermaids Singing’’, 1995) y ‘Crecen las sombras’ (basado en ‘The wire in the blood’, 1997). Ayer le tocó el turno a ‘Las sombras de la luz’ (‘The Darkness of Light’), un episodio escrito por Alan Whiting y dirigido por Nick Laughland que aunque no tenía su base en ninguna historia de McDermid estaba en la misma línea. En él, una periodista llamada Joanna Draper (la siempre apreciable Caroline O'Neill –‘Queer as folk’, ‘La chica del bus’–), investigaba un extraño crimen que parecía guardar relación con otros cadáveres encontrados en un perímetro muy concreto. Lo más inquietante del caso era el hecho de que junto a los cadáveres más recientes hubiese enterrados otros de 500 años de antigüedad. La desaparición de Joanna, el incendio en su hotel y la aparición de nuevas víctimas en lo que parecía una cadena de asesinatos rituales hacían del de ayer un claro caso para Carol Jordan y el doctor Hill.

En lo técnico, la factura de la serie no tiene demasiado que envidiar a las de las ficciones estadounidenses actuales, ya que está todo cuidado hasta la meticulosidad. Siendo de temática criminal, a día de hoy es inevitable la comparación con ‘CSI’, con la que guarda más de un punto en común, pero hay que decir que, a pesar de no llegar a tan alto nivel, ‘Impulso sangriento’ tiene su propia personalidad y no desmerece elogios. Lo mismo hay que decir sobre Robson Green y Hermione Norris, que no son William Petersen y Marg Helgenberger pero cumplen con nota, en especial en el caso de Green, cuyo Tony Hill parece un curioso Hércules Poirot moderno, nacionalizado británico y metido a psicólogo.

Es curioso como en Estados Unidos las historias originales propician los guiones más impactantes y conseguidos (series como ‘CSI’ son la prueba de ello) mientras algunas novelas de misterio comerciales no encuentran espacio más que en forma de bochornoso telefilme. Val McDermid, cuyas novelas son bastante comerciales, se topó con la ITV británica. Tuvo verdadera suerte. Por duración, los episodios de ‘Impulso sangriento’ se pueden denominar tv-movies, de hecho como tal se han anunciado en España, pero no tienen nada en común con esos subproductos de sobremesa que nacen de los libros de autores estadounidenses comerciales como Mary Higgins Clark.

(Foto: Robson Green y Hermione Norris)

lunes, 4 de diciembre de 2006

Crítica | COSAS QUE HACEN QUE LA VIDA VALGA LA PENA; Reír o llorar, o ninguna de las dos

En lo que parece un intento de mezclar drama y comedia, Manuel Gómez Pereira realizó ésta película, ‘Cosas que hacen que la vida valga la pena’, que se emitió ayer a las 22:00 en Cinemanía 2. No es un original descubrimiento, por mucha voz en off que tenga (de tono bastante apagado, por cierto), aunque sí se aleja en cierto modo de lo habitual en el cine español. Lo malo es que los elementos que forman el filme están mal combinados, y mientras algunos puntos no aparecen suficientemente desarrollados, otros están fuera de lugar.
Eduard Fernández y Ana Belén
Un día en la vida de dos personas cercanas a la mediana edad. Es básicamente lo que cuenta la película de Gómez Pereira. Jorge (Eduard Fernández) es un parado de los que, a pesar de cargar sobre su espalda con un drama importante, parece dispuesto a ver cambiar las cosas. Sólo así se explica su empeño en que un hecho sin importancia pueda significar un giro en su existencia. En la línea de la Audrey Tautou de ‘Largo domingo de noviazgo’ (Jean-Pierre Jeunet, 2004), Jorge dice cosas como ésta para sus adentros: “si encuentro una moneda antes de llegar a la esquina eso es que hoy va a cambiar mi suerte”. Por supuesto la encuentra, comienza a sonar 'Hoy puede ser un gran día' de Joan Manuel Serrat y en unos momentos se cruza en su camino Hortensia (Ana Belén).

Ella es otra mujer entrada en edad, divorciada y algo solitaria. Toma valerianas para dormir, organiza fiestas de cumpleaños como una madre ejemplar, dice creer en Dios a su manera y conduce a velocidad de mamá homicida. Hortensia es una mujer con no pocas contradicciones en su comportamiento, se pasa la vida manejando en su cabeza datos como que “un 70% de la gente sólo se enamora una vez en la vida” y, aunque dice de Jorge que es bajito y está en paro y no descarta la posibilidad de que se trate de “un sádico”, se duerme en su hombro en el cine a la primera ocasión. Más tarde vienen una comunión, un baile en el lujoso banquete de bodas, la parte trasera de un coche y otras cosas que los protagonistas parecen vivir como experiencias únicas pero que se terminan haciendo bastante pesadas para el espectador.

‘Cosas que hacen que la vida valga la pena’ se debate entre contarnos el drama de dos personas adultas que no tienen otra que ver a dónde les lleva su extraña relación y, por el contrario, hacer que nos tomemos el asunto como una comedia, poniendo el acento en cosas como un chino cantando en una boda (algo que parecen considerar que resultará divertido por sí solo) o los andares de borracho de un personaje. El problema es que no se nos deja tiempo para llegar a conectar con los protagonistas, con lo que no podemos identificarnos con la parte dramática, y tampoco nos ofrecen una base cómica demasiado sólida, dejando todo chiste en pura excepción. Al final, todo aparece mezclado de tal forma que el espectador ya no sabe muy bien si reír o llorar, y acaba no haciendo ninguna de las dos. Y es verdad que no es algo mil veces visto, no es el tipo de película que encontremos al doblar cada esquina, pero tampoco es lo suficientemente diferente o especial como para que deseemos hacerlo.

Ana Belén (que aparenta mucho menos de los 53 años que tiene en ésta película) y Eduard Fernández son dos actores que se hacen muy disfrutables de ver trabajando, pero en esta ocasión ella no parece lo suficientemente cómoda o preparada en escenas que le requieren romper el tono tranquilo que reina en la película, por lo que en momentos como el del “accidente” con los niños del bar la cosa parece írsele de las manos. Tal vez sea un cambio muy brusco el que tiene que hacer, pero esa no es excusa para bajar la guardia. En cualquier caso, ambos intérpretes se erigen con facilidad en lo más destacable de la función.

‘Cosas que hacen que la vida valga la pena’ funciona sólo hasta el nivel de modesto entretenimiento. Toda pretensión que fuese más allá de ese punto no se ha visto cumplida, ya que una comedia romántica o dramática como la que, suponemos, quisieron hacer, no puede permitirse tener momentos tan rematadamente poco acertados (más allá del mal gusto) como ese en el que uno de los personajes habla y ríe, borracho perdido, frente a un chico que permanece en coma en parte por su culpa. Tampoco hacen gran favor personajes como el de Rosario Pardo, haciendo de la típica amiga lanzada cuya mayor aportación a la película es la frase “hay que follar”, y las canciones de la banda sonora, aunque apreciables, no acaban de encajar. Es cierto que la película de Manuel Gómez Pereira tiene sus golpes (cualquiera de los momentos que implican a José Sacristán), pero el conjunto es una sosada de cuento, un filme con buenas intenciones y un resultado amable cuando mejor.