domingo, 26 de noviembre de 2006

Crítica | A FLOR DE PIEL; Thriller con maníaco, superior pero no sobresaliente

Por mucho que sea estadounidense la mayor parte de la ficción extranjera que nos llega para recordarnos lo inferior de la calidad media de nuestra producción propia, también en Europa tienen mucho que enseñarnos. ‘A flor de piel’ (‘Beneath the skin’), una miniserie de dos episodios que se emitió ayer en la sobremesa de ETB2, no es la mejor lección que nos podrían dar, pero sirve para demostrar que “una más del montón” en el Reino Unido ya es bastante más que una a la que calificaríamos igual en España.
Jamie Draven y Phyllis Logan
en 'A flor de piel' (Sarah Harding, 2005)
‘A flor de piel’ es lo que diríamos un thriller con maníaco, género en el que parte en inferioridad de condiciones respecto a las películas del mismo estilo: no tiene los medios técnico-presupuestarios deseados y tampoco la libertad de creación necesaria a la hora de mostrar elementos escabrosos o impactantes. Está hecha para la televisión (para una generalista y de audiencias importantes) y se notan las limitaciones.

Pero tampoco sería justo decir que es el hecho de haber sido gestada para la pequeña pantalla lo único que ha perjudicado a esta producción. Estrenada en la ITV (Independent Television) en 2005, está dirigida por Sarah Harding, que firmó en su momento algunos de los episodios de la versión original de ‘Queer as folk’, lo que en este caso no viene a decir gran cosa. La dirección de ‘A flor de piel’, si bien no llega a ser caótica, sí es algo molesta, incómoda, con esos planos tan cortos que dan la impresión de que la cámara va a golpear a los actores, y por tanto esa misma cámara, a ratos hiperactiva, lejos de servir únicamente de ojos para el espectador, se hace notar tanto que saca a éste de la historia constantemente. Si Harding tuvo algo que ver en el resultado del ‘Queer as folk’ británico, debió dirigir esta miniserie en pleno catarro directoral.

Por otro lado, ‘A flor de piel’ está basada en una novela de Nicci French que no pasará a la historia por su originalidad, como tampoco lo hará la labor de adaptación de Gwyneth Hughes: la trama, bastante previsible, se centra en las vivencias de tres mujeres amenazadas por el típico desequilibrado.

Una joven profesora de educación primaria es la primera en vivir la pesadilla. Al ser testigo de un robo en plena calle, Zoe (Stephanie Leonidas) golpea con una sandía al ladrón en pleno intento de fuga. La cosa parece haber acabado bien y la joven incluso sale en el periódico convertida en “la chica de la sandía”, lo que hace que comience a recibir cartas de admiradores que la felicitan por su valentía. Pero hay una carta que llama su atención sobre el resto, una que dice así: “¿A quién le va a importar que estés muerta?”.

La segunda víctima es Jennifer (Emma Fielding), un ama de casa y madre de dos chicos (Hugh Mitchell y Beans Balawi) a la que, sin detención con sandía de por medio, las cartas no tardan en llegar. Pero el tono es algo diferente es sus misivas, pues el autor parece saber bastante sobre algunos problemas por los que atravesó la mujer con su marido (David Westhead) años atrás.

Una joven e impulsiva vendedora de mascotas, Nadia (Rebecca Palmer), es la tercera mujer en ser acosada, y ésta lo es además durante todo el segundo episodio, aunque para cuando la vemos en el apuro ya nos ha sido desvelada la identidad de la persona que acecha a estas mujeres.

La premisa argumental suena inquietante, pero el guión rara vez llega a aprovechar la situación en la que coloca a sus protagonistas. A la historia le falta tensión y un ritmo más firme, en especial en el segundo capítulo. Los personajes, eso sí, están mejor dibujados de lo normal en este tipo de ficciones (inmensamente mejor que en las producciones españolas de estas características) y las actrices logran transmitir el miedo y la angustia que los rodean: Stephanie Leonidas se gana la simpatía del espectador sin apenas proponérselo; Emma Fielding, en un papel que le exige hacer cosas más inverosímiles como pintar su casa de naranja en un arrebato de histeria, está lo suficientemente creíble; Rebecca Palmer, como protagonista absoluta del segundo episodio, aprovecha bien la oportunidad de desarrollar más su personaje, valiente y decidido en un principio (“Es sólo una carta, no la Tercera Guerra Mundial”) pero desesperado y atormentado cuando por fin es consciente del peligro que corre. Los actores que acompañan a las anteriores, sobre todo Daniel Mays (‘El secreto de Vera Drake’) y Jamie Draven (un estupendo actor visto en ‘Billy Elliot, quiero bailar’ y ‘El mesías: los primeros asesinatos’), tampoco desaprovechan una sola línea de sus diálogos.

A la hora de repartir las culpas, y siendo ésta una miniserie cuyo guión tampoco es lo peor que hemos visto en una sobremesa televisiva y cuyos actores saben exactamente lo que hacen, conviene decir que parte de ellas están dentro de nuestras fronteras: algún día tendrán que explicarnos los programadores de la ETB el por qué de su empeño en emitir de un tirón algo que ha sido rodado expresamente para ser dividido en dos partes. Vista ayer en la ETB, ‘A flor de piel’ parecía una montaña rusa, una película que, de repente, abandonaba el ritmo logrado en la primera hora para caer hasta el punto en que había comenzado: ganar tensión y perderla de un plumazo. Pero ese plumazo sería en realidad, vista en la ITV, un día o quién sabe si una semana entre ambos capítulos, espacio de tiempo que hubiese hecho más comprensible el altibajo.

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