martes, 18 de marzo de 2008

Crítica | MRS. HARRIS; Asesinato pasional a cámara lenta

La coletilla de “para ser un telefilme no está tan mal” no vale aquí. Todos la hemos pronunciado alguna vez, pero yo intento luchar contra ella. Y es que lleva implícito el mensaje de que la televisión es un medio menor a la hora de crear ficción, cosa que no tiene por qué ser verdad. “Mrs. Harris”, por otro lado, es un producto HBO, y sabiendo lo que pueden llegar a darnos...
Annette Bening en "Mrs. Harris" (Phyllis Nagy, 2005)
A la directora y guionista novel Phyllis Nagy le podían haber ido mal muchas cosas en su primera aventura televisiva. Es bien sabido que el ritmo de rodaje en este medio suele ser vertiginoso, además de las muchas presiones a las que se puede estar sometido al trabajar para un canal de peso. Pero lo cierto es que Nagy mantuvo las cosas bajo suficiente control, el correcto resultado técnico del telefilme así lo delata.

El estimable trabajo del plantel estelar no podríamos apuntárselo como mérito propio (aunque la dirección de actores jamás esté de sobra). No sabemos en qué lotería le tocaron Annette Bening, Ben Kingsley, Cloris Leachman y Frances Fisher para protagonizar su película, pero son sólo algunas de las caras conocidas que figuran en el reparto. Lo máximo que podría haberle preocupado a la directora era la poca familiaridad de los actores con el ritmo televisivo –Annette Bening, por ejemplo, no hacía un telefilme desde “Rehén” (Peter Levin, 1988)–, pero una vez más el (buen) resultado es el que es.

En efecto, dirección correcta, actores de categoría con buena predisposición, buena fotografía, vestuario cuidadosamente elegido, adecuados maquillaje y peluquería para una historia enmarcada en los 80... ¿Qué es entonces lo que convierte a “Mrs. Harris” en un producto menor y desaprovechado? El trabajo que llevaba la inexperimentada autora hecho desde casa: ese plano y poco inspirado guión.

Y no es que la historia sea una mina de oro, porque no nos engañemos, si el hecho real en que se basa “Mrs. Harris” fue sonado en su día se debió a que los protagonistas del mismo fueron unos famosos millonarios, pero se le podía haber sacado más partido. Sí, incluso en un telefilme.

La historia del asesinato del doctor Herman Tarnower (Ben Kingsley), creador de la dieta Scarsdale, a manos de la que había sido su compañera sentimental durante 14 años, Jean Harris (Annette Bening), da una pereza impresionante en este telefilme. “Mrs. Harris”, además, no se anda con medias tintas. No se deja espacio a demasiadas interpretaciones en la descripción del personaje de Jean, que en el guión de Phyllis Nagy está transparentemente desequilibrada, completamente ajena a ese mundo que sigue su curso a pesar de los amoríos de su infiel no-marido.

La base de la historia, la verdad de lo ocurrido, por más artimañas narrativas que se utilicen, queda clara desde bien pronto. Las escenas que la componen, por pretendidamente originales que fuesen, tampoco aumentan el interés, sólo alcanzan a sabotear el ritmo. Prueba de ello son las entrevistas a cámara o escenas como esa en la que el personaje de Kingsley atraviesa un vestuario y una fila de hombres se va volviendo hacia él para admirar su miembro con asombro. El resultado, en un drama como este, es de vergüenza ajena.

Pero si por algo se hizo famoso en España este telefilme, incluso antes de que Canal+ lo emitiera, fue por haberle reportado a Ellen Burstyn, actriz famosa por “El exorcista” y oscarizada por “Alicia ya no vive aquí”, una nominación al Emmy por menos de 15 segundos de interpretación.

Ni por presenciar esa proeza merece la pena “Mrs. Harris”. Pero bueno, alguna vez le tenía que salir algo mal a HBO, ¿no?

lunes, 17 de marzo de 2008

Crítica | FAGO; La historia del malogrado alcalde se queda a medio gas

No les faltó valor a los responsables de “Fago” al decidirse a poner en marcha una miniserie inspirada en hechos reales que vería la luz en una cadena española. Primero, porque parece que los espectadores españoles sólo estamos acostumbrados a la producción nacional en forma de serie televisiva; segundo, porque no sería la primera vez que un juez levanta la emisión de un producto basado/inspirado en hechos reales (ahí está el caso “Sin hogar”, telefilme protagonizado por Mar Regueras que cayó en manos de un juez que vio en él peligrar su reputación y del que nunca más se supo), y tercero, porque este hecho en particular no era precisamente terreno llano.
Joaquín Notario y Jordi Rebellón
en la miniserie "Fago"

Pero se tiraron a la piscina, y el resultado es la miniserie que emite La 1 los lunes a las 22:00. Es un producto que ronda la media de calidad técnica de la mayoría de ficciones españolas, aunque quizás sea algo más modesta. El tratamiento de la historia, por otro lado, es más cuidadoso y respetuoso de lo que cabía esperar, aunque no llegue a enganchar ni sorprender.

La historia que cuenta “Fago” es la misma que saltó a los medios en invierno de 2007. Un hombre fue encontrado muerto en las inmediaciones del pueblo del que era alcalde, en el Pirineo de Huesca. Había recibido múltiples disparos en lo que parecía una emboscada. Pronto se dieron a conocer los detalles de su relación con parte de la población del municipio, un festival de rencillas y odios que apuntaban a una venganza. Un guarda forestal (y declarado enemigo del alcalde) fue detenido tras confesar el crimen. Después se detractó. El caso está aún pendiente de juicio.

Es un caso desagradable, que nos viene a recordar hasta qué punto podemos llegar a ser primitivos los humanos, en este primer mundo tan desarrollado. Si la miniserie ofrece un retrato completamente fidedigno de las figuras de los dos principales implicados es algo que dará pie a distintas interpretaciones, pero a mi juicio, el alcalde interpretado por Jordi Rebellón y el guarda forestal de Joaquín Notario (“El comisario”) son al menos personajes creíbles y mundanos.

El primero se nos presenta como alguien quizás demasiado apasionado a la hora de defender sus posturas, un alcalde que ha fracasado en su intento de ser el representante del conjunto de un pueblo. Tras “Hospital Central”, Rebellón se mete de nuevo en la piel de un hombre en medio del respeto de algunos y el odio descarnado de otros muchos.

El segundo en cuestión, que lleva el nombre de Eugenio Riaza en la ficción, es una figura bastante más enigmática. Intenta camuflarse entre la gente que frecuenta el bar del pueblo (que se ha convertido en el cuartel de ese bando) para pasar como otro adversario más del alcalde, pero el juego de miradas hostiles y los diferentes flashbacks pronto colocan a Eugenio en el centro de nuestras miradas. Para cuando nos queremos dar cuenta, estamos buscándolo a cada instante entre la multitud, en el paisaje...

En cualquier caso, la miniserie no apunta maneras de ser el típico relato maniqueo en el que el bueno es todo sonrisas y buenas intenciones, de entrada un sufridor cuyas acciones no discutiremos en ningún momento, y el malo, por el contrario, el compendio de todas las maldades. El guión no llega tan lejos a la hora de dibujar a los personajes. Hubiese sido un error hacerlo.

Todo es más sutil y complejo, lo que no quiere decir que el asesinato no se intente narrar como la calculada salvajada que fue en la realidad. En el primer episodio, cada una de las pesadas piedras que el asesino había colocado en medio de la carretera (con el fin de hacer parar y salir de su coche a la víctima) significaba un plus de frialdad y falta de perspectiva, un paso más lejos de la razón.

No es de buenos y malos ni de colores políticos (por más que las siglas del partido al que pertenecía el alcalde –en la ficción y en la realidad– aparezcan en pantalla en algún momento) de lo que viene a hablarnos “Fago”. Es más bien un relato sobre la convivencia y una especie de aislamiento psicológico que puede llegar a convertir un círculo de rencores y odios en un universo en sí mismo fuera del cual los personajes se vuelven incapaces de ver nada.

“Fago” debería haber acentuado más el sentimiento de aislamiento que el propio escenario podía llegar a sugerir, con el intermitente temporal y las montañas rodeándolo en todo momento. Al final, las vistas aéreas del pueblo y demás exteriores donde se ha rodado la serie tienen demasiado de bucólico y la bonita partitura de Francesc Gener no hace sino empeorar las cosas en este sentido.

La dirección del veterano Roberto Bodegas, que se presta a continuos y llamativos exámenes a lo largo de la miniserie (como en la mal coreografiada escena de pelea tras el frustrado minuto de silencio del primer episodio), no tiene demasiado de destacable. El equipo formado por Antonio Onetti (guionista que ha demostrado su buen hacer en productos como “Diario de un skin” o “Amar en tiempos revueltos”) y Sergio Espí Rubio (que tiene un currículum con menos brillo en el que caben cosas como “Círculo rojo”), por su parte, ha quedado más descompensado de lo que cabría haber esperado.

La pregunta de tantos y tantos fans de “Hospital Central” y del doctor Vilches será si “Fago” pertenece a Jordi Rebellón, por así decirlo. La respuesta es no. El actor catalán no logra destacar ni dotar de la fuerza suficiente a su personaje, como tampoco lo hacen Joaquín Notario ni la mayor parte de los secundarios (Ivan Hermés, Octavi Pujades, Ana Goya, Jacobo Dicenta –hace poco en “Desaparecida”– y Manolo Caro son algunas de las caras más conocidas). Tan sólo la sincera interpretación de Mar Sodupe como la mujer del alcalde merece algo más de atención.

El bien y el mal absolutos, por tanto, no tienen en “Fago” su enésima cita, como les hubiese gustado a algunos, pero tampoco es éste un suspense de demasiados quilates.

viernes, 7 de marzo de 2008

Crítica | BLANCANIEVES, LA VERDADERA HISTORIA; Un giro perverso

Hay algo malicioso y a la vez seductor en la idea de darle la vuelta a un cuento clásico infantil para convertirlo en un relato de terror. “Blancanieves, la verdadera historia” (“Snow White: A Tale of Terror”), telefilme que ha venido emitiendo Canal Hollywood con asiduidad en los últimos meses, pretende ser una versión más fiel al cuento original de los hermanos Grimm. No estoy en posición de juzgar si lo es realmente, pero lo que está claro es que la versión Disney de 1937 queda aquí desfigurada de forma brutal.
Taryn Davis y Sigourney Weaver
en "Blancanieves, la verdadera historia"

Porque no nos engañemos. Sería en exceso amable, edulcorada y hasta pro-monárquica, como todos los cuentos Disney, pero cuando pensamos en Blancanieves a todos nos vienen a la mente los dibujos de la versión clásica. Pues bien, es ahí donde reside la mayor parte del encanto de este sombrío telefilme: en coger el tono agradable y colorista y agitarlo hasta hacerlo sangrar.

Los bellos y coloristas paisajes se tornan tenebrosos muy pronto en esta historia. En su prometedor comienzo, el telefilme nos traslada a un bosque nevado que Lord Hoffman (Sam Neill) y su esposa Lilliana (Joanna Roth) deben atravesar en su carruaje. La pareja tiene un accidente y, a punto de morir, ella le pide a su marido que salve a la niña que lleva en su interior. Un beso de despedida y la nieve desaparece tras un río de color rojo oscuro. Aquí no va a haber canciones.

Años después, Lilly (Taryn Davis) es una niña que desaprueba la unión de su padre con una misteriosa mujer. Sigourney Weaver, con aire distinguido y turbador, encarna a Lady Claudia, que llega al castillo de los Hoffman llevando consigo un curioso equipaje. Todo a su alrededor está bañado de misterio: las referencias a su madre, la ambigua relación que mantiene con su hermano Gustav (Miroslav Táborský, “La niña de tus ojos”), sus mascotas y, por supuesto, ese enorme espejo.

Más adelante, una adolescente Lilly (Monica Keena, vista en “Dawson crece” y, más recientemente, en “El Séquito”) firma su sentencia de muerte al eclipsar a su ahora embarazada madrastra durante una de las muchas demostraciones de canto que Claudia acostumbra a ofrecer a los asistentes de sus fiestas. La vanidosa dama, que se había dedicado a esconder la belleza de su hijastra bajo anodinos vestidos que le obligaba a ponerse, sufre un desmayo y su bebé acaba naciendo muerto.

Desde ese momento, las buenas formas tienen sus días contados. Claudia ordena a Gustav que mate a Lilly, pero ésta escapa y consigue llegar a una fortaleza abandonada, en la que se topa con siete mineros (Gil Bellows –“Ally McBeal”– es uno de ellos) que poco tienen que ver con los dulces enanitos de la factoría Disney...

“Blancanieves, la verdadera historia” (también se la conoce como “Blancanieves, un cuento de terror”) se hace algo más pesada en su segunda mitad, pero es una tv-movie bastante más cuidada que la media. La dirección de Michael Cohn, los correctos efectos especiales, la belleza de los paisajes de Chequia, que van de nevados a otoñales a lo largo de la película, la adecuada música compuesta por John Ottman y, sobre todo, la elegante y pérfida creación de Sigourney Weaver, hacen de ésta una interesante y llamativa variante del viejo musical.

jueves, 6 de marzo de 2008

Crítica |LOS TUDOR; In decrescendo, pero aún con margen de maniobra

Parecen haberse puesto de moda, pero las aventuras y desventuras político-religioso-sexuales de Enrique VIII no son nuevas para los telespectadores. Es sin duda un plato apetecible para cualquier creador televisivo, porque tantas altas traiciones, bajas pasiones y cabezas rodando no se encuentran (o al menos no con ese lujo y esa clase) en todas las dinastías monárquicas.
Jonathan Rhys Meyers y Maria Doyle Kennedy
en "Los Tudor"
“Crees conocer la historia”, nos dice el Enrique VIII de Jonathan Rhys Meyers al comienzo de cada episodio. Y de hecho, la conocemos de sobra. La hemos visto en cine (“La vida privada de Enrique VIII”, por la que Charles Laughton se llevó el Oscar), la hemos visto centrada en algunos de sus personajes (“Ana de los mil días”, de Charles Jarrott), pero sobre todo la hemos visto en televisión (“Las seis esposas de Enrique VIII”, de la BBC, con Keith Michell, es una de las versiones más recordadas).

“Los Tudor” (“The Tudors”), cuya primera temporada se ha emitido en Canal+, es la que mejor ha sabido combinar y alterar los ingredientes (que ya de por sí son universales e imperecederos) para vendérselos al público de hoy. La serie tiene una estética y un protagonista lo suficientemente atrayentes como para poder llamarse moderna. Las dosis de sexo hacen el resto.

El problema (al menos en esta primera etapa) ha venido al intentar alargar los acontecimientos más de la cuenta. Nos han empezado a pasear por palacio más de la cuenta (lo de los últimos episodios iba más allá de la pura ambientación), nos han llamado a observar bailes y representaciones de la corte ya demasiadas veces y nos han mostrado los juegos de cama de Enrique y Ana Bolena hasta hacernos conocer su anatomía mejor que la nuestra propia.

Ni que no hubiese nada más que contar: otras cuatro esposas por delante, ruptura con la Iglesia Católica... Es algo que sabemos todos, de modo que no pueden ser tan ingenuos como para pensar que nos tienen en suspense.

A lo que aspiraba “Los Tudor” era a mostrar una visión más rompedora de lo habitual de la vida del mujeriego rey de Inglaterra. Nada nuevo (ni más preciso históricamente hablando, o si no, basta con ver esa disparatada –pero divertida– invención que es el personaje de Gabrielle Anwar), sólo diferente. De modo que, o están perdiendo el norte o nos hemos perdido nosotros.

¿Acaso no quieren dejar marchar a Ana Bolena? Su historia es interesante, sí, pero la interpretada por Natalie Dormer no pasará a la historia como una de las mejores precisamente. Ni es más guapa que cualquier otra actriz o extra que vemos en esa corte, ni más elegante, ni es lo bastante buena actriz como para cautivarnos sin tener nada nuevo que contar.

El resto del reparto, en cambio, sí que ha conseguido mantener el tipo y mantener de paso nuestro interés en la historia cuando los guiones comenzaban a desinflarse: Jonathan Rhys Meyers se amolda bien al Enrique apasionado, al temible y al inconformista, a pesar de que su imagen juvenil nos haga pensar en más de una ocasión que esa corte no es sino un grupo de fans siguiendo a su ídolo; Sam Neill está tan sólido como de costumbre, y Jeremy Northam cuida lo bastante a su Tomás Moro como para no dejarse arrastrar por ese retrato tan descafeinado de su personaje que recoge el guión.

Pero si alguien destaca en el reparto esa es la irlandesa Maria Doyle Kennedy. Lejanos ya los días en los que debutó en “Los Commitments” (Alan Parker, 1991), esta actriz y cantante se había dejado ver más en la televisión anglosajona últimamente. Que no es una intérprete que destaque por su expresividad ya lo había demostrado en la versión original de “Queer as Folk” y en miniseries menores como “Jueves 12, regreso al pasado”, pero en el papel de Catalina de Aragón, sabe transformar su aparente frialdad en elegancia, clase y dramática contención. Cada vez que entra en escena lo hace convertida en una verdadera reina.

La única pega se la encontramos al visionar “Los Tudor” en versión original. Ese acento suyo la delata (aunque intente claramente diferenciarlo del de los demás actores, lo que ya es un punto a su favor), aunque en España me atrevería a decir que el 90% de los telespectadores seguirán la serie doblada, y su dobladora no es otra que Mercedes Montalá, habitual de Annette Bening y Julia Roberts, nada menos.

En cualquier caso, en la segunda temporada, más vale que a los lujosos decorados, al cuidado vestuario y a los acertados intérpretes les acompañe un guión con las pilas bien cargadas.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Crítica | DEXTER; Le quieren, y nos arrastran con ellos

El protagonista de “Dexter”, que emite FOX los lunes por la noche, vive su vida como si se tratara de un ejercicio de pasar inadvertido para los que le rodean. Su sonrisa, su buena mano con los niños, la infinita gentileza y compresión que muestra hacia su novia, el apoyo que le brinda a su hermana... Nada de eso le sale de forma natural, es todo premeditado, y tiene que evitar ser descubierto: “La gente finge bastante al relacionarse, pero creo que yo finjo siempre, y finjo muy bien”. Sólo hay una cosa para la que tiene una predisposición natural: el crimen.
Michael C. Hall en "Dexter"
“Dexter” plantea al espectador no pocos conflictos morales. Se trata de un psicópata, pero no siempre resulta desagradable. Sabemos que cuando sonríe a su novia y consuela a su hermana está siguiendo un guión, pero sus confesiones en off no son suficientes. Queremos creer que hay algo más dentro de él, o que podría llegar a haberlo (lo que no está en absoluto descartado sabiendo ya como sabemos la forma en que “nació” el Dexter criminal), y le perdonamos un fiambre tras otro.

Tendemos a ponernos del lado del malo, del lado de Dexter, y no tiene nada que ver con la tremebunda excusa/farsa que representa el código de su padrastro Harry (James Remar, al que vemos en múltiples flashbacks), que implica un primitivo y sistemático ojo por ojo para calmar ocasionalmente a la fiera que hay dentro del protagonista (“Debes saber identificarlos y no dejar rastro”, aconseja el padre en un momento de la serie). Si nos ponemos del lado de Dexter es por los guiones, que nos empujan frecuentemente a aceptar al protagonista como sujeto con el que identificarse, o por el que sentir compasión. La cámara no sólo nos hace testigos, los guiones no son neutrales, nos implican.

Para ser conscientes de esto no hay más que coger una escena de persecución en la que Dexter es la “víctima”. El protagonista es perseguido por alguien (últimamente el sargento Doakes, interpretado por Erik King, no ha hecho mucho más en la serie) y nosotros, instintivamente, queremos que logre escapar. Ahí está, el guión nos está conduciendo.

A Dexter se le escapa una víctima (seguramente se tratará de un sudoroso, vicioso y sanguinario asesino que ha escapado a la justicia) y comienza a ir tras ella. “¿Es un asesino, no? Volverá a matar si Dexter no le atrapa”, pensamos. Queremos que le coja. Ahí está otra vez.

Y no está bien, desde luego, porque lo de Dexter no es justicia, ni siquiera venganza. Se nos vende como consecuencia del trauma que persigue al protagonista y, dicho esto, la serie se toma sus muchas licencias. Dexter (interpretado por Michael C. Hall con la misma buena mano que tenía en “A dos metros bajo tierra”) admite una y otra vez su culpabilidad, su desequilibrio, pero el guión no es siempre tan honesto: nos dicen que es un asesino, nos enseñan cómo mata (a veces la cosa se vuelve verdaderamente gráfica), pero no pueden evitar sentir un “algo” por él que va demasiado lejos y que nos contagia.

A veces parece moralina barata (los villanos son tan exagerados, tan abiertamente culpables, que parece lógico dejar que Dexter haga el trabajo sucio), a veces apología de la pena de muerte y otras, un simple mecanismo de los guionistas para lanzar el mensaje de que sí, es malo, pero podía ser peor.

Parece mentira que una serie pueda hacernos pensar tanto en un momento en el que nuestra ficción nacional nos sigue regalando productos como “Física o química” y “Los Serrano”. Podremos culpar a los guiones de una visión demasiado poco crítica hacia el protagonista, pero a cambio de sentirnos algo culpables y hasta sucios, disfrutaremos de una de las mejores series que hay en el panorama ahora mismo: dirección de primera (Michael Cuesta, director de “L.I.E.”, se ha puesto tras la cámara en varios episodios), personajes abiertos a evolución (cosa increíble en la ficción española), actores que se quedan tatuados en la retina (además del protagonista, Lauren Vélez, C. S. Lee, Christian Camargo...) y un cóctel explosivo de acción, sangre y suspense tétrico.

jueves, 28 de febrero de 2008

Crítica | THE WIRE: BAJO ESCUCHA; No es para espectadores pasivos

Acostumbrados ya a las series-fórmula (de esas que enganchan desde el primer episodio, con rápidas presentaciones de tramas transparentes, galerías de tópicos y variadísimos personajes en las que cabe de todo para llegar a todos, buenos y malos perfectamente diferenciados –no para educar, sino para evitar que pensemos–, etc.), ver “The Wire: Bajo Escucha” es como entrar en un mundo completamente opuesto y complejo, un ejercicio al principio costoso pero a la larga absorbente e hipnótico.
Sonja Sohn y Dominic West en
"The Wire: Bajo escucha"

Ninguna otra serie que se emite en este momento en España recompensa de tal manera el esfuerzo del espectador. En “The Wire” la trama es a menudo enrevesada y deprimente, y la lista de personajes no para de crecer, pero lograr estar al día significa presenciar una de las historias más realistas y apasionantes que se recuerdan en televisión.

La cosa va de drogas. De drogas y, por lo tanto, de narcotráfico y demás negocios sucios, de policías, de sus jefes, de los jefes de sus jefes y, cómo no, de los que les rodean, entre familia, amigos, enemigos, amantes... Puede parecer desbordante, pero es tan complicado como tiene que ser. Lo contrario sería ponérselo fácil al espectador, o lo que es lo mismo, poner en duda su inteligencia.

La primera temporada (que data de 2002) se emite desde el pasado diciembre todos los domingos a las 22:00 en TNT, en un espacio dedicado a series de culto. Y ninguna otra serie actual (la quinta y última temporada se emite ahora en Estados Unidos) merece ese calificativo tanto como “The Wire”.

Cada capítulo es una hora de ficción de calidad, de dirección de categoría, de personajes muchas veces ambiguos y de tramas violentas y desesperanzadoras de las que cada vez es más complicado despegarse a medida que avanza la temporada.

Los personajes tienen todos los matices y contradicciones imaginables, y no pueden estar más lejos de los héroes y del prototipo de villano clásico.

Por un lado (válganos algún ejemplo que sirva de referencia) tenemos a D’Angelo (Larry Gilliard Jr.), un joven narco con un fondo humano más acentuado de lo que cabría esperar, alguien a quien en no pocas ocasiones interpretamos como un simple chaval atrapado en zona de no retorno. Y es uno de tantos otros jóvenes de los barrios bajos de Baltimore que seguramente nacen condenados a sobrevivir en esa espiral de violencia y adicción.

Por otro lado tenemos a Jimmy McNulty (Dominic West, británico de nacimiento, por más que en la versión original su trabajado acento rara vez lo delate), un detective bastante tosco y a menudo pisoteado que, al igual que muchos de sus compañeros, no siempre sigue las reglas a rajatabla. Tan pronto resulta simpático y fiable como ridículo y decadente (nunca hemos visto en “El comisario” borracheras como las de este hombre de ley) y no es el único que inspira estos sentimientos encontrados.

Los guiones de la serie creada por David Simon, textos que merecerían ser publicados con encuadernación dorada, se suelen saltar (y hacen bien) las normas de etiqueta a la hora de retratar a jueces, policías, oficiales, detectives y demás profesionales de ese mundo. “The Wire” no permite ninguna clase de difuminación moral, se deja claro quién trafica y quién intenta evitar que lo haga, pero es una serie demasiado buena como para intentar hacernos creer que los mecanismos de la ley son siempre inmaculados.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Crítica | HEREDEROS; Concha Velasco no ha hecho un buen negocio (ni falta que le hace)

Hasta hace algún tiempo, una RTVE endeudada hasta extremos solía tirar la casa por la ventana sólo ante adaptaciones de clásicos literarios españoles, que eran de las pocas cosas en ficción que podían justificar como servicio público. La jugada, por cierto, a veces salía bien (‘Arroz y tartana’) y otras muy bien (‘La regenta’). Ahora, una RTVE convertida en Corporación RTVE que, se supone, ha eliminado el endeudamiento de su política de gastos, firma su cheque más cuantioso a ‘Herederos’, o la historia de una familia rica por la que cuesta llorar, con la que cuesta reír, a la que cuesta comprender...
Félix Gómez y Cristina Brondo en 'Herederos'
‘Herederos’ no cumple ningún servicio público y tampoco le reporta a La 1, por ahora, audiencias demasiado importantes. Pero está visto que a TVE le rondaba desde hacía tiempo la idea de dar con una serie que se convirtiese en su ‘Falcon Crest’ particular. Lo intentó con ‘La dársena de poniente’, que disfruto de una vida fugaz. Ahora le toca a ‘Herederos’.

¿Qué tiene ‘Herederos’ que no tuviese ‘La dársena de poniente’? Primero, un día de emisión mucho mejor que la serie de Sancho Gracia. Segundo, un presupuesto más holgado y mejor aprovechado (lo que se traduce en decorados con más clase, más exteriores...). El reparto también es más redondo en ‘Herederos’. Pero, por lo demás, los ingredientes son casi clónicos. Y cuando no lo son, como si lo fuesen. No hay más historia que la familia y alrededores.

Familia con negocio próspero, muy próspero, una lista de enemigos declarados y por declarar que llenaría cuatro agendas, unos padres más que defectuosos y unos hijos que no son lo que quieren ser, ni lo que sus padres quieren que sean.

Está la matriarca, Carmen Orozco (Concha Velasco), que aun no despeinándose ni en camisón de noche, defiende con uñas y dientes (y con otros medios más sofisticados) lo que es suyo. Y suyo es el negocio (un holding que abarca negocios con toros, inmobiliarias y demás fauna) y también, por lo que parece, la familia, a la que controla, prohíbe, persigue, presiona y, por supuesto, ama con locura.

Después tenemos al inevitable marido infiel (Helio Pedregal), que no es tan censurable a ojos de su mujer siempre y cuando sus juergas no repercutan en el negocio familiar. Incluso un lío (y no precisamente pasajero) con la hermana de su esposa, Julia (una estupenda Mar Regueras), puede ser el mal menor si no levanta polvareda.

Los hijos, Jacobo (Félix Gómez, bastante más creíble como hijo de Velasco que como su amante, si no véase ‘Las cerezas del cementerio’) y Verónica (Lidia Navarro), son los típicos niñatos por los que el guión se tiene que aplicar a fondo para que despierten en nosotros algún sentimiento que no sea antipatía o la más absoluta indiferencia. Así es que, antes de darnos cuenta, Jacobo se enamora de lo que parece una buena chica (Cristina Brondo) y a Verónica la viola un viejo conocido (Octavi Pujades).

No es una sorpresa el que las tramas y personajes de ‘Herederos’ no lo estén teniendo fácil para atrapar al espectador. Por un lado, es cierto que competencia hay para rato, ya que los martes parecen haberse citado, en diferentes canales pero a la misma hora, casi todas las ficciones nacionales del momento. Pero también es cierto que la serie no se deja la piel en crear una historia que tenga vida más allá del interés que puedan suscitar las miserias de una familia bien.

La puesta en escena tiene su nivel y los guiones tampoco están mal hechos, pero la historia que se afanan en tejer es todo menos original. A esta familia ya la conocíamos. Por eso, al final, casi todo lo que brilla (a excepción de ese gran reparto) resulta ser aquello que depende de un desembolso masivo de dinero.

Lo mejor es Concha Velasco. Por más que ella diga lo contrario, no creo que ‘Herederos’ le pueda suponer mayor dificultad que la de tener que esquivar a su paso todo ese carísimo mobiliario. A esta gran actriz, que ha hecho de todo en su carrera y siempre lo ha hecho tan bien, este enorme culebrón le queda pequeño. Pero, así y todo, sigue brillando.

Lo único que aspira a enseñarnos ‘Herederos’, en definitiva, es que hay que escapar de mamá cuando tiene un gran negocio, o lo que es lo mismo, que el dinero quema, corta, escuece, pervierte y degenera.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Crítica | DESAPARECIDA; En un lugar ficticio, pero a la vez tan cercano a nosotros

Terror, impotencia, solidaridad y, después, el dolor que causa ese olvido paulatino por parte de los medios. ‘Desaparecida’, la impactante nueva serie para los miércoles de La 1, recoge bien en su argumento las fases y sentimientos que suelen rodear a los familiares de las personas desaparecidas.
Carlos Hipólito y Luisa Martín en 'Desaparecida', de La 1
Nunca cesan los casos. Serán más sonados o menos, pero es un goteo incesante (por eso esta serie no es oportunista ahora, como no lo sería dentro de dos años, desgraciadamente). La serie de TVE-1, estrenada el pasado día 3, no toma uno concreto como fuente de inspiración. Son todos y, a la vez, parecen intentar insinuar que es uno solo: ese en el que podríamos estar implicados.

La serie nos pone ante los ojos la posibilidad de que algo tan terrible nos puede pasar a nosotros, que la pesadilla se puede hacer realidad. Porque en eso intentan convertir a la familia de Cristina Marcos (Beatriz Ayuso), intentan convertirla en la nuestra propia o, al menos, en una que se le parezca de forma casi dolorosa.

Para eso están ahí esos padres destrozados, Alfredo (Carlos Hipólito) y Lola (Luisa Martín), que vieron marchar a su hija a las fiestas de su pueblo para no volver. Para eso están el hermano mayor de la desaparecida, el joven Diego (Francesc Tormos), y la hermana pequeña, Sonia (Bárbara Meier), entre otros. Los guionistas nos los ponen delante, quizás con la esperanza de que nos recuerden a alguien cercano. Y no es algo agradable, pero es imposible imaginar una serie como ‘Desaparecida’ sin que el argumento intentase invocar una cierta implicación por nuestra parte. De no hacerlo, la serie sería un cuento más sobre detectives modélicos y víctimas desgraciadas.

Es una pena que, al igual que los casos reales van desapareciendo (aun no siendo resueltos) de las pantallas, la serie de La 1 esté experimentando una suerte paralela en materia de audiencias. ‘Desaparecida’ empezó fuerte (un 18,6% de share es una cifra importante para cualquier cadena en el panorama competitivo actual), pero se ha ido debilitando.

No lo merece, desde luego. La serie tiene una factura impecable, con ese tándem fotografía-iluminación que transmite un desasosiego tan eficaz, y un plantel de actores en plena forma, que se enfrenta, además, al reto de hacer de este dramón un ejercicio de control constante.

De lo mejor de la serie es esa dosificación de los datos que se nos dan a conocer. Sabemos que el paradero de Patricia Marcos no se puede esclarecer en el tercer episodio, por ejemplo, pero los trucos que despliega el guión (que nos llevan a pensar que el final puede estar a la vuelta de la esquina) no nos hacen sentir manipulados. Cada giro, cada paso en falso, cada decepción (la de los padres de la serie y, por tanto, la nuestra misma) está perfectamente convertida en parte de la historia.

La serie es muy dura, sí, y da miedo pensar en el desenlace más probable de una historia que se ha perfilado de forma tan real, pero es tan buena, tan redonda...

lunes, 24 de septiembre de 2007

Crítica | RIS CIENTÍFICA; Introducir a la oveja negra en el equipo consagrado a detenerlas

Si le perdonamos un primer episodio con un villano al que se le veía venir y la utilización del clásico atajo de “chica nueva en equipo asentado” como excusa para presentarnos a los personajes de forma rápida y esquemática, podríamos decir que ‘RIS Científica’ promete mantener la cabeza bastante alta ante los comentarios sarcásticos que anuncien el nacimiento de ‘CSI Madrid’. Telecinco va a terminar necesitando días de 25 horas para meter en su parrilla, junto a esta nueva, a ‘CSI Las Vegas’, ‘CSI Miami’, ‘CSI Nueva York’ y ‘Mentes criminales’.
El septeto protagonista de 'RIS Científica'
Estrenada anoche a las 22:00, ‘RIS Científica’ no lo tuvo precisamente fácil. No solo estuvo precedida en su estreno por esa otra ficción criminalística de zapatilla de andar por casa y pijama que es ‘Escenas de matrimonio’, sino que encima tuvo una hora escasa para intentar justificar su existencia. ¿Hay algo nuevo en ella que no hayamos visto anteriormente en otra serie sobre unidades de la policía científica? Después de todo, lo hay.

Las cosas claras. Una serie sobre periodistas, negocios familiares o cualquier otro sector que haya sido olvidado últimamente por la pequeña pantalla hubiese resultado más novedosa en un momento (y en un canal) como éste. Es cierto, además, que ‘RIS Científica’ no tiene un ritmo más frenético, ni escenas de acción más conseguidas ni un protagonista más carismático que ‘CSI Las Vegas’ (sí supera en uno de los apartados a ‘CSI Horatio’), por ponernos exigentes.

Ahora bien, la nueva serie, aunque sentando sus bases en los ingredientes habituales de este género, viene a introducir un nuevo e inquietante elemento al cóctel: la oveja negra.

Si algo caracteriza a las unidades de la policía científica que protagonizan series como ‘CSI’ o ‘Génesis, en la mente del asesino’ es la entereza moral de sus miembros. Los protagonistas son policías que dominan la ciencia pero también la psicología humana (lo que les ayuda muchas veces a adelantarse a los pasos del criminal de turno) y todo lo que saben, todo, lo utilizan para hacer el bien. Y nosotros, acostumbrados ya, y a expensas de que nos llegue ‘Dexter’ desde el otro lado del charco, ni nos planteamos que en una serie de este estilo pudiese ser de otra manera.

Ayer, en el primer episodio, el personaje de Juan Fernández, que se perfilaba inicialmente como una versión menos agresiva del personaje al que dio vida en ‘Jugar a matar’ (Isidro Ortiz, 2003), daba un giro interesante al tomarse la justicia por su mano para acabar con el villano de una de las dos tramas que vertebraban el episodio (la más flojita, por cierto). El mismo hombre que ayudaba horas antes a sus compañeros a resolver un caso se convertía por sorpresa en el creador de otro caso, uno que podría convertir al equipo de criminólogos en objeto de preguntas no tan frecuentes entre esos eficientes profesionales e intachables ciudadanos que suelen ser los Horatios que conocíamos.

Beba o no el personaje de Fernández de la estadounidense ‘Dexter’, lo cierto es que Telecinco ha estado lista. Es algo ya inventado pero que aquí no habíamos visto.

Lo que si que habíamos visto es a un reparto sin fisuras. Pues ahí va otro: a los imparables José Coronado y Belén López, que ya demostraron compenetrarse bien en el telefilme ‘Masala’ y cuyos actuales personajes parecen contar con aspectos aún por descubrir, les acompañan la atractiva Irene Montalà (‘Una casa de locos’), el también cantante Carlos Leal, un simpático Ismael Martínez (‘Amistades peligrosas’) y Pedro Casablanc (‘Policías, en el corazón de la calle’), más sólido que el acero.

Con el personaje de Juan Fernández, el de ‘RIS Científica’ ya no es un triángulo perfecto de profesionales de la criminología, sino más bien un heptágono defectuoso pero muy sugerente.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Crítica | BIG LOVE; En familia (polígama)

Pocas series merecen la atención que ha suscitado ‘Big Love’ desde su estreno en Estados Unidos. Creada por Mark V. Olsen y Will Scheffer, se trata de una curiosa y original propuesta, centrada en la agitada rutina de una familia polígama residente en Utah. La historia está contada sin prisas pero con intensidad, y se nota que, al igual que el protagonista tiene siempre un ojo puesto en su inmensa familia, hay un equipo a cargo de esta ficción que no descuida un solo aspecto de la realización.

Es un nuevo concepto de familia televisiva, como si ser ‘Padre de familia’, tener ‘Cinco hermanos’ o sobrevivir a una jungla residencial llena de ‘Mujeres desesperadas’ no fuese suficiente. Los responsables de ‘Big Love’ van más allá y nos acercan a una familia polígama, formada por un hombre (un paciente y cariñoso pater familias con una sobredosis de estrés familiar), sus tres esposas y los hijos que tiene en común con cada una de ellas.

La primera mujer con la que se casó, Barb (Jeanne Tripplehorn, ‘Instinto básico’), es la única legal, una mujer cariñosa y comprensiva con su marido pero crítica con la familia de él, que vive en una comunidad rural regida por “la ley divina”. La manipuladora y absorbente Nicki (Chloë Sevigny, ‘Los chicos no lloran’) entró en el hogar de Bill Henrickson para echar una mano a una entonces enferma Barb y acabó también echando raíces. La tercera mujer, Margene (Ginnifer Goodwin, ‘En la cuerda floja’), fue en su día la niñera hasta que las cosas empezaron a ir a mayores con el hombre de la casa.

Todos estos datos se van sabiendo poco a poco, ya que en el episodio piloto no se paran a explicar antecedentes. Y hacen bien. Se nos hace testigos de la vida que lleva la familia, repartida en las tres casas que le sirven de escenario principal a la serie (todas conectadas por un patio común con piscina), pero se da tiempo al tiempo, para que sea el espectador el que vaya conociendo poco a poco a los personajes.

No estamos ante una apología de la poligamia ni mucho menos. De hecho, ‘Big Love’ retrata a una familia y, en especial, a un padre completamente desbordado por la responsabilidad, por la presión de ganar el dinero a repartir, por los datos a retener y por el amor a racionar.

Bill Henrickson, que está interpretado por Bill Paxton (‘Mentiras de guerra’) con exquisita naturalidad, puede que sea lo más cercano a un equivalente masculino a las ‘Mujeres desesperadas’. Está convencido de que la vida que lleva es la correcta de acuerdo con su condición de mormón (a pesar de que la poligamia es ilegal en Estados Unidos y la propia Iglesia Mormona la prohíbe desde 1890), pero lo de tener a más de una mujer para él, por así decirlo, no es una fantasía hecha realidad.

El protagonista sufre las consecuencias de su singular opción a cada paso que da: su negocio de tiendas de artículos para el hogar no le permite hacer frente a las necesidades (ni mucho menos a los caprichos) financieros de sus esposas ni a las de sus siete hijos y, por si fuera poco, cada vez se ve más incapaz de satisfacer sexualmente a sus mujeres, lo que le empuja a recurrir a la viagra.

Ellas, por su parte, no tienen las cosas mucho más fáciles. Trabajan sin parar, sobreviviendo a esa incómoda superpoblación de críos y esposas en la que viven, no tienen siempre un hombro sobre el que llorar y surgen entre las tres, muy a pesar de Bill, las envidias y los celos. Se dicen libres (“No estamos atrapadas, hemos decidido estar aquí y convertirnos en una familia”) pero se sienten muchas veces abandonadas y hasta desgraciadas.

Jeanne Tripplehorn nunca ha estado más acertada en su carrera que con su papel de Barb, una mujer que ve cómo su hogar y su papel en él han mutado de la forma más insólita. Chloë Sevigny, por su parte, sabe muy bien cómo acercarnos esa mujer compleja y muchas veces odiosa para demostrar que sí, que ella también sufre y que su consumismo, por ejemplo, no es sino un refugio más. Ginnifer Goodwin cierra el círculo con un trabajo muy aceptable.

‘Big Love’, que se emite ahora los lunes a las 22:00 en Canal+2, es una serie que vale la pena. Es un drama diferente y equilibrado, que nos permite adentrar y pasear nuestra mirada tranquilamente por un ambiente diferente y lejano, sin ser empujados a juicios fáciles.

(Foto: Bill Paxton y Jeanne Tripplehorn en 'Big Love')

lunes, 17 de septiembre de 2007

Crítica | SHARK; Los nombres y la serie que acabará habiendo delante de ellos

La semiolvidada Melanie Griffith (‘Armas de mujer’, ‘De repente, un extraño’) dijo una vez que trabajar con James Woods era como estar embarazada: “Primero lo disfrutas, después quieres que se acabe y cuando se ha acabado olvidas lo malo que fue”. Sabiendo del carácter difícil de Woods, podríamos aventurarnos a decir que el papel que interpreta en ‘Shark’ no es tanto una creación sino un esfuerzo de búsqueda interior. Para la serie, el actor representa la típica figura que se pone en medio sin dejar que el espectador vea toda la pantalla.
Jeri Ryan y James Woods en 'Shark'
Si abrimos el archivo de series de abogados que están recientes en nuestra memoria, podremos decir que ‘Shark’ no es más divertida que ‘Ally McBeal’ ni más apasionante que ‘El abogado’. El protagonista de la que nos ocupa es más acaparador pero, ¿y más realista? Es muy posible que el mundo de la abogacía esté más lleno de tiburones que de adorables metepatas y profesionales cautivadores. Quizás por eso, yo me sigo quedando con esos abogados de archivo, abogados para el recuerdo.

Sebastian Stark (James Woods) es el jefe severo, el compañero implacable y el abogado despiadado de ‘Shark’ (a parte de un firme aspirante a miembro de honor del club de imitadores del doctor ‘House’). Pero es también –y más le vale serlo si quiere lograr esa ansiada conexión con el público– el afectuoso padre de familia, el ex esposo cordial y el hombre a ratos vulnerable a ratos rígido. El de este abogado defensor metido a fiscal (el salto lo da ya en el episodio piloto) es un papel hecho para uno de esos actores de renombre que a veces aceptan pasarse a la pequeña pantalla.

Creada por Ian Biederman, ‘Shark’ nos muestra al protagonista (y vaya si nos lo muestra) como un hombre arrogante y difícil, capaz de comenzar una escena derrumbado por el asesinato cometido por el tipo al que puso en la calle y acabarla soltando perlas del estilo de “soy un genio”, “yo me meriendo a los fiscales, son la base de mi dieta” o “soy un déspota”.

¿Cuánto hay de orgulloso y cuánto de bromista en Sebastian Stark? Probablemente ni los guionistas lo supiesen todavía en el episodio piloto, emitido el pasado jueves por La Sexta.

En él ya veíamos en ‘Shark’ una serie entretenida y bien hecha, pero también podíamos advertir que lo que aspira a atrapar al espectador no son los nombres (ni Woods ni el director Spike Lee, que firmaba el piloto tan bien como los suelen firmar los directores más asiduos al medio televisivo) que intentan posicionar delante de la serie con fines publicitarios, sino esa misma serie, que con el tiempo, con cada nueva trama y cada nuevo episodio, ira ganando terreno hasta colocarse en primer plano.

martes, 11 de septiembre de 2007

Crítica | HERMANOS Y DETECTIVES; Juegos de mayores

‘Hermanos y detectives’, remake de la serie argentina del mismo nombre, empezó su andadura en Telecinco el martes pasado con audiencia prometedora y un nivel más que aceptable. Hoy se emite su segundo episodio, y si obviamos una cierta tendencia a llevar a extremos esa mezcla de serie infantil y criminal, puede que merezca la pena darle otra oportunidad.
Eusebio Poncela y María Garralón en
'Hermanos y detectives: El profesor Fontán'
El trabajo del reparto tiene su gracia, el ritmo es ágil, la dirección correcta y el guión mantiene el interés. Pero pronto asoma una pregunta algo incómoda: ¿es una serie familiar (casi tirando a infantil) o una para adultos?

El primer episodio, ‘El profesor Fontán’, comenzaba con lo que podríamos llamar la candidatura del día a crimen perfecto. Un profesor universitario de literatura (Eusebio Poncela, ‘Viento del pueblo: Miguel Hernández’) visitaba a su alumno más aventajado para, en principio, comentar los puntos fuertes y flacos del borrador de una novela escrita por el joven. Después el profesor mataba al chico para apropiarse del texto original.

No era un repentino arrebato de histeria o envidia. El asesino demostraba tenerlo todo preparado a conciencia y no titubeaba demasiado a la hora de llevar sus planes a la práctica. Además, el crimen se orquestaba en pantalla de forma bastante gráfica, en una atmósfera deprimente y perversa. No se sugería, vamos, se mostraba. Para cuando llegaba la madre de la víctima (interpretada por María Garralón, ‘Verano azul’) el profesor ya lo había preparado todo para simular un suicidio.

En otro punto de la ciudad dos hermanos que hasta entonces no sabían el uno del otro (Diego Martín y el argentino Rodrigo Noya, ambos estupendos) se conocían por primera vez. Sorpresa, frustración, rechazo y cierta curiosidad. Después, el mayor, un policía algo amargado, acababa acogiendo al pequeño, un superdotado con gafas y encanto.

A partir de entonces, ‘Hermanos y detectives’ venía a confirmar que algunos caminos que toma son algo dudosos. Primero, durante un contacto inicial entre ambos hermanos, el mayor, Daniel, permitía al pequeño, Lorenzo, ver las fotografías del cadáver de su caso (un joven con un disparo en la cabeza no parece la visión ideal para un niño que se está tomando un batido).

Después, en un aparente intento de alejar a su hermano pequeño del ambiente hostil de una comisaría (¡hasta travestis había por allí!), Daniel se lo llevaba consigo a la casa donde se había cometido el asesinato, donde les esperaba el propio criminal. Buen movimiento. Más tarde, para rematar, dejaba al niño a solas con el asesino.

Antes de darnos cuenta, el niño estaba en medio de la vía del tren con el psicópata. Acto seguido, era el psicópata el que estaba en la vía y el niño casi presenciando un suicidio, éste ya de verdad.

Pues sí, tensión ya había, pero quizás hubiese sido mejor construirla alrededor del asesino y el hermano mayor. Las escenas en las que el autor del crimen observaba, perplejo, cómo un mocoso iba descubriendo, y a velocidad de vértigo, cada uno de los pasos que había seguido para matar al talentoso alumno, eran más que divertidas inquietantes, por mucho que el joven actor tenga una gracia innata capaz de suavizar las cosas cuanto más oscuras se ponen.

Hermanos y detectives’ daba la impresión de no saber dónde empezar con la comedia y dónde con la parte más seria. Y es una pena, porque la serie tiene posibilidades.

Ya en las primeras escenas, al asesinato le seguían unas cómicas secuencias en las que los agentes, en plena escena del crimen, aplaudían ascensos y hablaban sobre tartas a las que les encantaría hincar el diente. Después, teníamos a una madre, viuda para más señas, destrozada ante el posible suicidio de su único hijo.

No es una serie necia como ‘Los hombres de Paco’ ni mucho menos, pero tiene cosas que no cuadran. No puede uno dejar de pensar que el niño protagonista está inmerso en un mundo de mayores en el que no hay tiempos muertos. Hay muertos, sin más. Eso sí, ‘Hermanos y detectives’ parece bastante más inofensiva para la infancia que ‘Ana y los siete’ o ‘Los Serrano’.

Su segundo episodio se emite esta noche a las 22:00 en Telecinco.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Crítica | CASO ABIERTO; Cuando seguir adelante es mirar al pasado

“Eso ocurrió hace siglos”. Era la respuesta que obtenían Lilly Rush (Kathryn Morris) y Nick Vera (Jeremy Ratchford) ayer en ‘La llave’, el episodio de ‘Caso abierto’ (‘Cold Case’) emitido en La 2, al preguntar a un sospechoso por un apuñalamiento ocurrido en 1979. La contestación de Vera al interrogado resumía bastante bien la motivación que impulsa al equipo de detectives protagonistas a no darse nunca por vencidos: “Para usted, pero para otros parece que fue ayer”.
Danny Pino y Kathryn Morris en 'Caso abierto' ('Cold Case')
La frase con la que se suele promocionar la serie puede ser excesiva y engañosa aplicada a la realidad (“La esperanza sobrevive... pues la evidencia nunca muere”), pero en esta ficción funciona como sinopsis perfecta del argumento. Los profesionales encargados de estos casos congelados no tienen inconveniente en llenarse ojos y manos de polvo buscando entre viejas cajas de pruebas, revisar archivos y hemerotecas o darse a la búsqueda de antiguos sospechosos. Hasta que el caso queda cerrado (y la mayoría se cierran con éxito), el pasado está de rabiosa actualidad.

Ese interés imperecedero en dar con la verdad, ya sean años o décadas los que separan a los investigadores de la fecha del crimen, provoca en el espectador una simpatía y admiración especiales hacia los agentes de ‘Caso abierto’. Ya dentro de la pantalla, también provoca gratitud en aquellos que nunca vieron hacerse la luz y, cómo no, inquietud en aquellos personajes que creían enterradas las posibilidades de tener que pagar por sus actos.

Conocido su argumento, ‘Caso abierto’ tiene mucho con qué jugar. Por un lado está la gran cantidad de personajes episódicos que pueden pasar por la serie. Hemos visto, entre otros, a Samantha Eggar, Chris Sarandon, Piper Laurie, Natasha Gregson Wagner, Veronica Cartwright y Meredith Baxter.

Lo cierto es que esa gran cantidad de episódicos que ‘Caso abierto’ está obligada a congregar es también un arma de doble filo. No todos los actores episódicos son sobresalientes. Pero es ahí donde la serie se crece y empieza a jugar con el maquillaje (que hace posible que actores de hoy parezcan salidos de las bobinas de filmes de los 40, por ejemplo), el vestuario, la fotografía (otra de las grandes y más variadas bazas técnicas de la serie), los flashbacks y una original planificación de las escenas de investigación e interrogatorio (en las que se hace coincidir –muy hábilmente por cierto– a los actores que interpretan a los personajes en la actualidad y a los que les dan vida en su juventud).

El resultado de esas técnicas, los cuidados guiones, la amplia banda sonora y la atenta dirección de la mayoría de episodios hacen de ‘Caso abierto’ una serie muy interesante. Además, el reparto principal, que no siempre ha obtenido el respaldo que merece, está muy por encima de lo estrictamente eficiente.

Kathryn Morris le imprime a la protagonista una serenidad (y no pasividad) que no hace sino aumentar la credibilidad de su trabajo. Es el mejor ejemplo que podíamos tener de la interpretación de una detective eficaz: Lilly Rush cumple con su deber y no se muestra ni excesivamente autoritaria ni heroica. Morris sabe cuándo hacerla pasar a un segundo plano y dejar el escenario en manos de los secundarios y, además, lo sabe hacer de una forma sorprendentemente elegante. Nunca se sobreexpone. Nunca aburre.

Resulta difícil de entender que una serie como ‘Caso abierto’ sólo haya recibido una nominación a los Emmy en las cuatro temporadas que lleva emitidas. Los casos de este equipo de detectives (dedicados a hacer justicia, eso a lo que algunos llaman reabrir heridas), como la calidad de la serie, están de rabiosa actualidad.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Crítica | QUART, EL HOMBRE DE ROMA; Entre el sacerdocio y la guardia vaticana

Habrá quien no vea con buenos ojos la historia de un sacerdote decidido a destapar los negocios oscuros que hay dentro de su propia iglesia, pero en una época en la que nuestra ficción televisiva no acostumbra a pedirnos otra cosa que nuestra presencia física frente al televisor, ‘Quart, el hombre de Roma’ se revela como una sorpresa agradable.

Roberto Enríquez y Biel Durán en 'Quart, el hombre de Roma'

Producida por Endemol en colaboración con Origen PC para Antena 3, ‘Quart’ es una serie más elaborada que la mayoría de las creaciones españolas. También nos pide más atención que el resto de esas creaciones. La trama no está hecha para aquellos que lleguen medio dormidos al sofá del salón. Es la clase de producción en la que hay que esperar para obtener respuestas, y las que se obtienen no son siempre lo satisfactorias que quisieran los consumidores de las ficciones más comerciales.

La serie se basa en los personajes de la novela ‘La piel del tambor’ (Arturo Pérez Reverte, 1995). Pocos de los que nos presentaba el primer episodio, emitido ayer a las 22:00, eran monedas de una sola cara. Tampoco había estereotipos de esos que se delatan antes de presentarse por su nombre de pila. ‘Quart’ va bastante más allá de todo eso.

El relato sigue las investigaciones de Lorenzo Quart (bien interpretado por Roberto Enríquez), un sacerdote católico al que sus superiores parecen utilizar como una especie de chico de la limpieza al que envían allí donde la suciedad amenaza con manchar el (¿buen?) nombre de la iglesia. Tanto es así que sus aventuras ya le han reportado cierta fama de agente de policía eclesiástico. Tiene viejos amigos en la policía española, pero también hay personas que no aprueban su oficio ni maneras y otras que, directamente, parecen dispuestas a pararle los pies a cualquier precio.

En el primer capítulo, Quart tenía que ocuparse del robo de una valiosa cruz en una iglesia madrileña. Sus investigaciones le conducían hasta Monseñor Aguirre (perfecto José María Pou), Legado Permanente en España. El episodio nos presentaba también a los que se intuye serán los aliados de esa especie de Jean Reno con estola que es el protagonista –el inspector Navajo (Mingo Ráfols), Macarena Bruner (una Ana Álvarez a la que le falta cierta intensidad) y Judas Tadeo (Biel Durán)–. Otros miembros del bien conjuntado reparto son Daniel Grao y Manuel de Blas.

El hecho de que muchos de los personajes sean religiosos, el que la historia juegue un papel más importante de lo habitual en el rompecabezas y el que la atmósfera sea bastante oscura y enigmática, pueden ser razones para que algunos espectadores se echen atrás. Así, los detractores de ‘Quart’ estarán divididos en dos grupos: por un lado, los que crean que ‘Quart’ es el típico producto elevado pero espeso y se nieguen a darle una oportunidad y, por otro lado, los creyentes que vean en la serie un intento de código da Vinci español creado para atacarles.

La tabla de audiencias de ayer deja entrever que los espectadores buscan algo más ligero con lo que llenar sus prime times (fue superada por la comedia de estreno ‘Hermanos y detectives’), pero para aquellos que busquen una buena ficción (sin renunciar al entretenimiento) ‘Quart’ promete acción, amores prohibidos, intrigas religiosas y una factura muy presentable.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Crítica | MONK; Miedoso, maniático y muy profesional

Es uno de los milagros de la tele. Ningún otro medio puede darle a un actor la posibilidad de explayarse tanto en la definición de un personaje. En las seis temporadas de que consta (por ahora) la serie estadounidense ‘Monk’, su protagonista, Tony Shalhoub, ha tenido la oportunidad de desplegar un sinfín de recursos interpretativos hasta convertir a este desequilibrado detective en uno de los personajes más carismáticos y únicos del panorama televisivo.

Tony Shalhoub, protagonista de 'Monk'
Es cierto que la prolongación de la serie ha ralentizado el desarrollo del personaje protagonista en lo que a su progreso psicológico se refiere. Al igual que los náufragos de ‘Perdidos’ no pueden descubrir el secreto de su isla y las amas de casa de ‘Mujeres desesperadas’ no pueden encontrar una estabilidad duradera, Adrian Monk tampoco puede curarse y enterrar sus manías. Eso significaría el final de la serie, de modo que, por así decirlo, le deseamos lo peor.

El señor Monk tiene miedo a los gérmenes, a las multitudes, a las alturas, a la leche... A pesar de haber contado con la ayuda constante de dos asistentes-enfermeras-niñeras a lo largo de los años (la enfermera a la que interpretó Bitty Schram y la camarera a la que da vida Traylor Howard), a veces parece increíble que haya resuelto un caso en su vida.

Para aproximarse un poco a su figura hay que decir que Adrian Monk no siempre padeció ese desorden obsesivo compulsivo de la manera en que la serie lo retrata en cada nueva aventura. El detective llegó a su estado tras el asesinato de su esposa, todavía irresuelto, que desencadenó un verdadero huracán de inseguridades y fobias.

Pero lejos de significar el fin de su carrera (y a pesar de ser despedido del departamento de policía de San Francisco), Monk, ahora como detective privado, continúa sorprendiendo a su antiguo jefe (Ted Levine) y dando lecciones de investigación al que aspira a ser la nueva estrella del departamento (Jason Gray-Stanford).

Podríamos describir al personaje de Shalhoub como un cruce entre el escritor obsesivo compulsivo al que interpretaba Jack Nicholson en ‘Mejor imposible’ (James L. Brooks, 1997) y el Inspector Gadget.

Al igual que el primero (un personaje que, de entrada, parece simplemente odioso), Monk también sabe despertar una singular simpatía en el espectador. Puede sacarnos de nuestras casillas alguna vez, pero sabemos que, al fin y al cabo, está sólo y, sobre todo, enfermo. Por otro lado, y al igual que al personaje animado, a Monk casi todo acaba saliéndole bien.

Aunque hay que aclarar que por muy patológicamente maniático que sea el inspector protagonista, éste sigue siendo inteligente y despierto, y posee una especie de sexto sentido para encontrar el orden en el caos más rotundo. De ahí que no se le escape una sola prueba en el lugar del crimen.

Los avispados guionistas de la serie han mantenido el pulso en el relato a lo largo de las temporadas, pero como ocurre en la mayoría de series que pasan la barrera de las tres temporadas, hay espectadores que pueden empezar a encontrar repetitiva la serie. No es que hayan bajado la guardia, ni que las reservas de obsesiones y rarezas estén agotadas. Ocurre con el interminable sarcasmo de Hugh Laurie en ‘House’ y con la bordería aplastante de Jane Kaczmarek en ‘Malcolm in the middle’. Sí, con el tiempo se pierde cierta frescura. Es normal. Pero ‘Monk’, que se emite en Calle 13 y en algunas autonómicas, sigue siendo un producto superior y la interpretación de Tony Shalhoub un trabajo meticuloso y plausible.

viernes, 31 de agosto de 2007

Crítica | C.L.A. NO SOMOS ÁNGELES; Ni médicos, ni enfermeras...

En principio siempre será mejor un culebrón autóctono que una telenovela sudamericana, pero respecto a ‘C.L.A. No somos ángeles’ no hay mucho más que resaltar que la cantidad de actores locales a los que se puede dar trabajo, entre fijos y episódicos, al tratarse de una serie médica. Pero los asiduos a series como ‘Hospital Central’ o ‘MIR’, y cuánto más si lo son de sus versiones norteamericanas, se las verán mal para encontrarle alicientes a este serial.

Claudia Bassols, Alejandro Buzzoni, Ana Gracia y Verónika Moral
en 'C.L.A. No somos ángeles'

La nueva serie de Europroducciones para las tardes de Antena 3 parece haber tomado lo de la clínica más como pretexto que como estricta base física para sus historias. Hay pocas cosas que ocurren en ella que no ocurriesen ya en la empresa de elementos de energía eólica de ‘Obsesión’, de TVE-1, o entre las paredes de la empresa de perfumes de ‘Esencia de poder’, de Telecinco. Son los típicos líos de pasillo, engaños y tragedias, pero ahora los sujetos llevan batas blancas o uniformes azules y, supuestamente, tienen los sentimientos más a flor de piel.

Es una historia de profesionales de la medicina, pero bien diferente a las series de prime time. ¿Por qué? Pues porque a parte de no transcurrir en urgencias (olvidémonos de un ritmo rápido en la narración) los personajes que cogen el timón son ahora las enfermeras. Y esto, en una serie española, en Antena 3 y justo antes de ‘El diario de Patricia’, significa que los bisturís y la sangre dejan paso al constante lloriqueo y a uniformes indisimuladamente ajustados. No es high drama precisamente.

Así, las enfermeras, en especial las interpretadas por Verónika Moral y Claudia Bassols, parecen ser modelos que, en un intento por abrirse paso en el mundo de la interpretación, hayan enviado por error su curriculum a una clínica y hayan sido admitidas. Sólo Ana Gracia (‘Motivos personales’) parece hacer algún esfuerzo por creerse su papel de enfermera y hacer que otros se lo crean.

Los médicos, por su parte, no están mucho más metidos en sus batas. Mariano Alameda y William Miller siguen tan carilindos como siempre, pero en sus papeles de neurocirujano y ginecólogo, respectivamente, no parecen haber visto jamás un muerto. Ni ninguna otra cosa. Pilar Punzano y Héctor Colomé están más centrados, pero les falta vida, como a la propia serie.

La recepcionista dicharachera (Ángela Fuente), la luchadora chica de la limpieza (Lorena Vindel) y el manitas de turno (Daniel Fuster) ya son demasiados maniquíes para un mismo escaparate.

Al igual que personajes, problemas tampoco faltan. El guión y las aptitudes del reparto no parecen casar del todo bien. Por un lado nos quieren vender la historia de unas enfermeras que se implican demasiado en su trabajo y, por otro, vemos cómo esas mismas enfermeras dan la espalda a la cámara a la hora de llorar. La fluidez no se ve ni en los diálogos más convencionales, la tensión no ha hecho aún acto de presencia y los escenarios son de un colorista que a ratos la historia parece trasladarse a una galería de pintura contemporánea.

Esta aburrida deformación de la realidad de las enfermeras y médicos españoles tiene lugar en Antena 3 de lunes a viernes a las 18:15.